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Una invitación que no imaginaba

La historia de Estefanía Sarde

Me llamo Estefanía Sarde tengo 29 años y nací en Azul, provincia de Buenos Aires. Mi familia está compuesta por mi mamá Marta, mi papá Roberto, mi hermana Carolina y mi sobrina Olivia (dentro de poco cumple un año). Estudie psicopedagogía, en realidad sigo estudiando porque estoy haciendo la tesis. Me gusta mucho la carrera porque a través de la profesión puedo ver la maravilla y el misterio que somos los  seres humanos. Es muy alentador poder ser testigo del despliegue de las potencialidades y singularidades de las personas. Como así también es un regalo poder estar al lado de quien por diversos motivos sufre. 
 No siempre pensé en estudiar psicopedagogía, cuando todavía estaba en la escuela pensé en estudiar un sinfín de carreras: desde magisterio hasta ciencias políticas, antropología, entre otras. Pero la que parecía ser “mi” profesión, hasta el verano de 2006, era trabajo social. Justamente estaba todo listo para que en febrero de ese año comenzará el ingreso. Pero Alguien me propuso un cambio de planes que en ese verano acepté.

Dije sí con todo el amor que en ese momento podía ofrecer pero es una invitación que, aún hoy, sigo descubriendo y a la que sigo intentado responder con todo mi amor. Fue una invitación que no imaginaba porque siempre había deseado formar una familia, tener hijos, había deseado un compromiso político para la transformación de la sociedad, había deseado conocer el mundo, viajar, desarrollar una carrera. Además, la fe la fui descubriendo en la adolescencia y siempre fui muy crítica de muchas cosas de la Iglesia. Por eso no me entraba en la cabeza que esta invitación fuera para mí. 
Pero, no sé cómo, esta invitación poco a poco iba invadiendo todo mi mundo. Me proponía un “más” que en lo más hondo de mi misma, deseaba. Escuche por primera vez esta invitación con los oídos del corazón en la vida de otros: “¿qué hace que sean tan felices?”. La seguí escuchando en la mirada y el corazón de muchas personas en la misión (en el sur, en mi ciudad) que anhelaban y esperaban una Buena Noticia, una palabra de Dios.

La escuche en tantos gestos de solidaridad, perdón, compartir, ternura que me fueron mostrando qué era esto del Reino por el que valía la pena vender todo, dejar las noventa y nueve ovejas, dar vuelta la casa… y entonces la invitación empezó a tener un rostro concreto… Jesús. Seguirlo a Él era la plenitud de todos mis deseos y al mismo tiempo era una experiencia de amor pleno, Su proyecto del Reino era el mundo que deseaba. Por eso, en el atardecer del 15 de enero me anime a decirle Si, “esto es lo que quiero para siempre”. Y en febrero empecé el camino de discernimiento y formación con las Misioneras de la Inmaculada P. Kolbe. Elegí esta familia consagrada por la misión, así quería seguirlo a Jesús caminando los caminos del mundo como El. Pero en el camino fui descubriendo la belleza del “ser María”, ella me enseñó que desde la pequeñez y la ternura es posible cambiar el mundo y hoy me siento llamada a caminar los caminos del mundo (la vereda de mi cuadra, el trabajo, la universidad, el grupo de la parroquia) como lo hizo ella. Y como bien dijo Fito (Paéz) “ahora sé que ya no puedo vivir sin tu amor”.

Primer plano

Nuestro querido papa Francisco nos ha regalado la oportunidad de tener un año dedicado a san José, este hombre discreto y atento, que Dios eligió para acompañar la vida de Jesús y estar junto a María Virgen, en su proyecto de amor para la humanidad.

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