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Mirar desde el corazón

María nos ofrece su experiencia de mujer contemplativa

María nos ofrece su experiencia de mujer contemplativa: mujer capaz de entrar en diálogo con la creación visible e invisible, cuando el ángel de la Anunciación le trae un mensaje tan nuevo y sorprendente (cf. Lc 1,26-38). Mujer contemplativa de los hechos y acontecimientos de Jesús desde su infancia (cf. Lc 2,19 y 2,51) hasta la muerte, conservando en el corazón lo que sucedía. Mujer contemplativa del mundo y de la historia, como expresa en su canto en Ain Karen, cuando se alegra porque el amor misericordioso de Dios “se extiende de generación en generación” (Lc 1,50) sobre todos. Mujer contemplativa de su propia historia, confiándonos que Ella “se estremece de gozo en Dios, mi salvador, porque él miró con bondad la pequeñez de su servidora” (Lc 1,47-48). Mujer contemplativa también de lo que acontece en la vida cotidiana, como en Caná, donde nadie se había dado cuenta de que se había acabado el vino en medio de la fiesta.

Entonces nos preguntamos: ¿qué es la contemplación? Es la apertura del ser humano a Dios y a todas sus manifestaciones. Una apertura “habitual” dirá el papa Francisco (GE 147). El Catecismo nos dice que “se puede entrar siempre en contemplación, independientemente de las condiciones de salud, trabajo o afectividad. El corazón es el lugar de la búsqueda y del encuentro, en la pobreza y en la fe” (CIC 2710). ¿Cómo buscar? ¿Cómo vivir la contemplación? Es necesario entrenarse: la contemplación es un ejercicio espiritual que entrena nuestro corazón, como la actividad física entrena nuestro cuerpo.

Te propongo que hagas esta experiencia.

Elijo un lugar al aire libre o una ventana con buena vista. Voy tomando conciencia de todo lo que está a mi alrededor. Cuando me doy cuenta de que estoy elaborando ideas no les presto atención, sencillamente dejo que los pensamientos se vayan y vuelvo a lo que está, veo, escucho, y toco. Puedo descalzarme y sentir el contacto del césped en mis pies, puedo oler, tocar las distintas superficies del árbol, de una hoja, de la flor… Recorro con mi mente todas las bellezas de la Creación. Me dejo maravillar ante los grandes árboles y ante la pequeña flor silvestre. Considero que Dios está presente en todos y en todas las cosas, siempre dando el ser. Recibo la cálida caricia del amor de Dios. Todo es un resplandor de su Amor incondicional. Dejo que mi corazón vaya libre hacia Dios, mi Creador. Soy de Él y tiendo hacia Él. ¡Cuánto ha hecho Dios por mí! Él habita en toda la Creación y en mí, porque soy su templo. Él trabaja en todo lo que ha creado y en mí para mantenernos en vida y llevarnos a plenitud. ¿Cómo responder a tanto Amor?

Verónica Lobo

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