
La consagración a María nace del testamento de Cristo crucificado: "Mujer aquí tienes a tu hijo", "Aquí tienes a tu madre" (Jn 19, 26-27). Nos consagramos a María porque Cristo nos la ha dejado como Madre. A cada uno, desde el Bautismo, Él nos repite "Aquí tienes a tu Madre". Como el apóstol Juan que la tomó consigo, nosotros la acogemos junto a los otros dones que Cristo nos ha dejado: la Palabra, la Eucaristía, el Espíritu Santo, la Gracia y le pedimos de caminar con nosotros para testimoniar el Evangelio en la vida cotidiana.
"Quiero ser todo tuyo María" ha sido el Lema del pontificado de Juan Pablo II, el cual se dirigió a los jóvenes en ocasión de la XVIII jornada mundial de la juventud con estas palabras:
«Es Cristo quien hoy les pide expresamente que lleven a María "a sus casas", que la acojan "entre los propios bienes" para aprender de Ella, que "conservaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón" (Lc 2,19), la disposición interior para la escucha y la actitud de humildad y de generosidad que la distinguieron como la primera colaboradora de Dios en la obra de la salvación. Es Ella la que, mediante su ministerio materno, los educa y los modela hasta que Cristo esté formado plenamente en ustedes».

«No se trata sólo de aprender las cosas que Él nos ha enseñado, sino de "ser Él mismo".
¿Quién más experta y maestra que María? En la divinidad el Espíritu es el Maestro interior que nos trae la plena verdad de Cristo (cfr. Jn 14, 26; 15,26;16,13), entre los seres humanos, María es la que mejor conoce a Cristo, nadie como la Madre puede introducirnos a un conocimiento profundo de su misterio».
La consagración a María se caracteriza por dos actitudes de fondo: la confianza y el ofrecimiento.
Confianza en María porque creemos en su amor y en su misión de Madre; la sentimos anticipo ra y cumplimiento de aquello que nosotros también seremos.
De aquí nace el ofrecimiento: reconociendo la especificidad de su mediación materna, nos abandonamos en ella, sabiendo que en sus manos nada se perderá.

Lo que somos:
Nuestro espíritu con sus aspiraciones;
nuestra mente con sus pensamientos, intuiciones, angustias y deseos,
nuestro cuerpo con todas sus facultades y sufrimientos,
nuestro corazón con todos sus afectos, sentimientos, con la capacidad de amar y de entregarnos.
Lo que hacemos:
Cada acción, cada palabra, cada gesto, todas las tareas.
A veces nos parecerá que no ofrecemos nada a María porque experimentamos la realidad de nuestros límites humanos y espirituales; la incapacidad de hacer el bien que deseamos; el peso de nuestros pecados... y es justamente esto lo que debemos poner en el corazón y en las manos de María. Ella toma todo nuestro ser, lo enriquece de sus méritos y lo ofrece al Padre como suyo.
Imitar a la Virgen: éste es el primer paso que brota de la consagración a Ella y que día tras día da espacio en nosotros al rostro de Cristo y nos hace sus testigos.

La consagración debe ser un acto libre y consciente, aceptado y vivido como un don. Para prepararse bien es bueno conocer lo que la Iglesia enseña sobre la Madre de Dios y profundizar, con la ayuda de algún texto, el significado de esta consagración.
Establecida una fecha, en un momento de oración o también durante la Celebración Eucarística, se reza la oración de consagración, que se renueva frecuentemente.
Como signo de la consagración, el Padre Kolbe invitaba a llevar la Medalla Milagrosa, pero sobre todo a ser verdaderos hijos y apóstoles de María, cada uno en su propio ambiente. Con la consagración, de hecho, no se crea sólo una relación externa con la Virgen, sino que siendo sus hijos, consagrados a Ella como instrumentos nos vamos transformando gradualmente para ser y vivir como Ella.