
«Oremos, pues, soportemos las pequeñas cruces, amemos mucho a todos los heramanos que nos rodean, sin ninguna excepción, tanto amigos como enemigos, y tengamos confianza; hagamos todo esto con el único fin de que Ella llegue a ser cuanto antes y sobre toda la tierra la Reina de todos y de cada uno en particular» (EK 892).
Definido como profeta de la civilización del amor, proclamado mártir de la caridad, Maximiliano Kolbe hizo del amor a Dios y al prójimo la realidad fundamental de su existencia, en todas las etapas que lo han preparado y conducido a la entrega total de sí mismo.
Acercándonos a él, advertimos que el centro de su vida es Dios, el Dios- Amor del cual se siente personalmente e incondicionalmente amado. Esta conciencia lo ha llevado a desear amar a Dios sin límites, a amar a Dios en el prójimo y al prójimo en Dios, con el Corazón de María. Este amor evangélico se dirigía a todos, sin distinciones traduciéndose en actitudes de escucha, de acogida, comprensión, perdón, interés, inserción, aprecio y confianza en las relaciones con el otro, en el cual reconocía siempre un don.
Este Amor - Comunión es una invitación a vivir apasionadamente la comunión con Dios, entre nosotros, con la Iglesia y con todos los hermanos. Esto pone en evidencia cómo el amor es el centro y la finalidad de la vida cristiana.
La Consagración a María, la pertenencia total a Ella, puede hacernos capaces de vivir siempre más una profunda comunión de amor con Dios Trinidad, con nuestros hermanos y con la Iglesia. De esta forma todo lo que realizamos en nombre de este Ideal, será la consecuencia de una única convicción: la convicción de que «¡Sólo el Amor Crea!»
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