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Fiestas

 

María asunta al cielo

Transcribimos una reflexión de San Maximiliano sobre el significado de la Asunción de María al cielo.
El día 15 de agosto de este mes la Santa Iglesia, al celebrar la Asunción de la Sma. Virgen María, canta con exultación: "María ha sido elevada al cielo, se alegran los Ángeles, alaban y bendicen al Señor". Aun sin quererlo, ese día nos esforzamos por reproducir en nuestra imaginación el paraíso tan deseado; sin embargo, pese a todos nuestros esfuerzos, aún no estamos satisfechos. Nos decimos que allá arriba todo será, en cierto modo, diferente de como nos lo cuentan o de lo que leemos en los libros. 
Y con razón; en realidad en el paraíso las cosas no serán diferentes sólo "en cierto modo", sino, se puede afirma: de modo del todo diferente de lo que podamos imaginar. ¿Y por qué?
Porque nosotros sacamos todos nuestros conceptos de las cosas que nos rodean, de las realidades materiales que vemos aquí en esta tierra o en medio de los espacios del firmamento, y sólo partiendo de todo eso nos formamos, mediante los conceptos de semejanza y de casualidad, algunas ideas a propósito del paraíso. Se trata, de todas maneras, de una idea muy, muy vaga.
Todo lo que nos rodea, aunque sea lo más hermoso y atractivo, es siempre y en cualquier punto de vista limitado. No existe aquí una belleza infinita ni inmutable. Nada de lo que vemos, sentimos o probamos satisface totalmente nuestros deseos. Nosotros queremos algo más, pero este "algo más" no existe. Queremos que dure más, pero aquí, siempre inexorablemente, llega el fin.
En el paraíso será todo al revés. Allí está el Bien, la Belleza infinita: Dios y la felicidad sin fin. La diferencia, pus, es absolutamente infinita. Tanto en la Sagrada Escritura como en las obras de los Padres de la Iglesia encontramos muchas semejanzas sacadas de nuestra vida terrena. Así, por ejemplo, S. Juan paragona el Paraíso a una ciudad feliz y escribe: "La ciudad no necesita sol, ni luna que la alumbre, la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero. Se pasearán las naciones bañadas con su luz..." (Ap 21, 23-24). Él continua imaginándola construida con los materiales más preciosos y más hermosos que se pueden imaginar, como el oro y las piedras preciosas más diversas.
En sus sermones los sacerdotes se esfuerzan con frecuencia en bosquejar un cuadro del paraíso. Recogemos lo más bello y lo mejor que existe a nuestro alrededor para componer el cuadro, pero todo eso es simplemente una imagen lejana, muy lejana, ya que se trata de semejanzas infinitamente diferentes.
De manera mejor aún describió el paraíso aquel que, ya en vida, fue arrebatado a él durante un breve espacio de tiempo, es decir, S. Pablo, el cual afirma: "Lo que ojo, ni oído oyó, ni hombre alguno ha imaginado, lo que Dios ha preparado para los que lo aman. (1 Co 2, 9). Es una descripción aun más cercana a la verdad, ya que muestra la diferencia infinita que pasa entre las ideas que nosotros tenemos con respecto a paraíso y la realidad. 
De todos modos, pueden hacerse una idea de cómo serán las cosas en el paraíso aquellos que ya en esa tierra han tenido la posibilidad de gustar de antemano una pequeña anticipación del paraíso. Y todos pueden experimentarlo. Basta acercarse a la confesión con sinceridad, con diligencia, con un  profundo arrepentimiento de los pecados y con un firme propósito de enmendarse. Se sentirá enseguida una paz y una felicidad en comparación con la cual todos los placeres fugaces pero deshonestos del mundo son más bien un odioso tormento. 
Que todos traten de acercarse a recibir a Jesús en la Eucaristía con una buena preparación; que no permitan nunca que su alma se quede en el pecado, sino que la purifiquen inmediatamente; que cumplan bien todos sus deberes; eleven humildes y frecuentes oraciones hacia el trono de Dios, sobre todo por las manos de la Virgen María; abracen con corazón caritativo también a los demás hermanos, soportando por amor a Dios sufrimientos y dificultades; hagan el bien a todos, incluso a los enemigos, únicamente por amor de Dios y no por las alabanzas y el agradecimiento de los hombres, entonces se darán cuenta de lo que quiere decir gustar de antemano el Paraíso y podrán encontrar la paz y la felicidad incluso en la pobreza, en el sufrimiento, en el deshonor, en la enfermedad.
Este gusto anticipado del paraíso es además un anuncio seguro de la beatitud eterna. En realidad, no es fácil dominarse a sí mismos del modo expuesto anteriormente, a fin de conquistar esa felicidad, pero recordemos que quien lo pida con humildad y perseverancia a la Inmaculada, sin duda lo obtendrá, ya que Ella no es capaz de negarnos nada a nosotros, ni Dios es capaz de negarle nada a Ella.
De todos modos, dentro de poco sabremos con exactitud cómo será el paraíso. Seguramente dentro de cien años ninguno de nosotros caminará ya sobre esta tierra.
¿Qué son cien años frente a lo que ya hemos pasado?... Y ¿Quién esperará aún tantos años?... Dentro de poco, pus, siempre que nos preparemos bien, bajo la protección de la Inmaculada. (EK 1065)

 

Cómo será el paraíso

El día 15 de agosto de este mes la Santa Iglesia, al celebrar la Asunción de la Sma. Virgen María, canta con exultación: "María ha sido elevada al cielo, se alegran los Ángeles, alaban y bendicen al Señor". Aun sin quererlo, ese día nos esforzamos por reproducir en nuestra imaginación el paraíso tan deseado; sin embargo, pese a todos nuestros esfuerzos, aún no estamos satisfechos. Nos decimos que allá arriba todo será, en cierto modo, diferente de como nos lo cuentan o de lo que leemos en los libros. 
De todos modos, pueden hacerse una idea de cómo serán las cosas en el paraíso aquellos que ya en esa tierra han tenido la posibilidad de gustar de antemano una pequeña anticipación del paraíso. Y todos pueden experimentarlo. Basta acercarse a la confesión con sinceridad, con diligencia, con un  profundo arrepentimiento de los pecados y con un firme propósito de enmendarse. Se sentirá enseguida una paz y una felicidad... Que todos traten de acercarse a recibir a Jesús en la Eucaristía con una buena preparación; que no permitan nunca que su alma se quede en el pecado, sino que la purifiquen inmediatamente; que cumplan bien todos sus deberes; eleven humildes y frecuentes oraciones hacia el trono de Dios, sobre todo por las manos de la Virgen María; abracen con corazón caritativo también a los demás hermanos, soportando por amor a Dios sufrimientos y dificultades; hagan el bien a todos, incluso a los enemigos, únicamente por amor de Dios y no por las alabanzas y el agradecimiento de los hombres, entonces se darán cuenta de lo que quiere decir gustar de antemano el Paraíso y podrán encontrar la paz y la felicidad incluso en la pobreza, en el sufrimiento, en el deshonor, en la enfermedad. Este gusto anticipado del paraíso es además un anuncio seguro de la beatitud eterna. (EK 1065)

 

Una era nueva

Maximiliano Kolbe, el gran caballero de la Inmaculada, ve en la natividad de la Virgen María, el inicio de una nueva era. Ella de hecho, con su disponibilidad se convierte en la Madre del Redentor, en el cual se cumplirán todas las antiguas profecías y promesas.
Dios existe desde siempre… sin principio, eternamente… sin fin. Él creó el universo y en un determinado momento llamó al hombre a la existencia.
El hombre cometió un pecado de desobediencia al Creador; condenado a muerte, pero sólo a una muerte temporal, deja el Paraíso terrestre, para tender al celeste a través del sufrimiento y de un trabajo penoso. Desde aquel momento Dios promete un Redentor... 
Pasaron años, decenas, centenares y millares de años, pero la humanidad, transmitiéndose esta promesa de generación en generación, esperó con ansia el momento bendito, el momento de la misericordia. 
Y finalmente llegó la hora establecía hacía siglos. Brilló el alba que anunció la cercanía del sol: en el pueblecito palestino de Nazareth, situado en la ladera de una colina entre el lago de Galilea y el Monte Tabor, nace María; la futura Madre del Hombre-Dios.
Aquel día, cuyo rcuerdo celebramos el día 8 de este mes, fue el comienzo de una era nueva. Ya no existirán los severos castigos del Antiguo Testamento; el miedo dejará el sitio al amor; la criatura redimida, aunque por desgracia llegue a ser culpable se reconciliará con su creador, ya que posee para siempre la más misericordiosa y potente Mediadora, que no puede abandonarlo y a quien Dios, su verdadero Hijo no puede negarle nada. Todas las personas como individuos, así como todos los pueblos, a veces se han alejado de Dios, pero apenas han recurrido a Ella con fervor, en poco tiempo han experimentado en sí mismas la paz y la felicidad. 
... Encended en todas partes el amor y la confianza en María Inmaculada y muy pronto verá brotar de los ojos de los pecadores más endurecidos las lágrimas del arrepentimiento, vaciarse las cárceles, aumentar el número de los obreros honestos, mientras la paz y la felicidad destruirán la discordia y el dolor, porque ha llegado una era nueva. (EK 1069)

 

En la fiesta de la Natividad de nuestra Reina

Se acerca el 8 de setiembre, fiesta de la Natividad de la Inmaculada, nuestra Reina, Señora y tiernísima Madre... No podemos dejar que pase este día sin expresarle nuestros buenos deseos hacia Ella. Pero ¿qué podemos desearle aún a Aquella que, exaltada sobre todas las criaturas terrestres y celestes, se convirtió en Madre de Dios y reina ya eternamente en el paraíso? Ella es la Reina del cielo y de la tierra, es la Mediadora de todos nosotros; a través de sus manos se derraman en la tierra todas las gracias. ¿Qué podemos desearte, oh Ilustrísima y Dulcísima Señora? ...
Pues bien, oh Reina, en este querido día de tu fiesta, nosotros te deseamos con todo el corazón y con toda el alma que tomes posesión lo más pronto posible y de manera total nuestros corazones y los corazones de todos y de cada uno sin excepción... ¡Extiende tu reino sobre todos nosotros, y en todos nosotros, pobres habitantes de este globo terrestre que vuela en los espacios del cielo, y reina no sólo durante nuestra peregrinación terrenal, sino por los siglos de los siglos, eternamente!
Nosotros, por nuestra parte, acompañamos los deseos con nuestra obra y pagando en persona - a costa de nuestra fatiga, de nuestros bienes, de nuestra salud, de nuestra reputación y de nuestra vida - y con tu poderoso auxilio (ya que a solas no podemos hacer nada), liberaremos para ti el mayor número posible de almas de la esclavitud del demonio, del mundo y de la carne y después de hacerlas felices, te las ofreceremos en propiedad, hasta que nos encontremos contigo en el paraíso, querida Madrecita.  (EK 1037)