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Medalla Milagrosa

 

Sin "pruebas claras"

San Maximiliano consideraba la medalla milagrosa “la bala de la Inmaculada” para abrir una brecha en el corazón del hombre y disponerlo a la acogida de la gracia de Dios. Un testimonio contada a los lectores del Rycerz  Niepokalanej.

«Aquel ya no se convierte más», se quejaba una moribunda. La consolaba como podía, diciéndole que la Virgen puede salvar incluso a los pecadores obstinados, por eso también su esposo tenía aún la posibilidad de convertirse.
Poco después él vino a visitar a su esposa: un altercado con el chofer anunció su llegada. Joven empleado, había sido universitario en la facultad de leyes, pero estaba muy atrasado en campo religioso, en una palabra era lo contrario de aquel que comúnmente se llama "progresista". En calidad de capellán del hospital consideré mi deber ocuparme también de aquella pobre alma. En los momentos libres, conversaba de buena gana con él sobre problemas de la fe. Sin embargo, su argumento conclusivo era: "Yo necesito pruebas más claras". Y cuando hablé con mayor resolución, el declaró abiertamente: "Padre, yo soy hereje".
Veía que no quería instruirse y despreciaba las buenas lecturas. Entonces: ¡Qué podía hacer? Encomendé todo el asunto en manos de la Inmaculada, por intercesión de la Virgen de Lucca, Gema Galgani, fallecida hace poco en olor de santidad y ya conocida en todo el mundo.
Poco después supe que se iría al día siguiente; y más tarde me llegó la noticia de que la salida estaba prevista para la noche sucesiva. Para complicar las cosas había llegado un familiar suyo que residía con él. A fin de encontrarme con él a solas, le comuniqué que más tarde estaría ocupado, por lo que si deseaba encontrarse conmigo tenía que hacerlo enseguida. Y, en efecto, vino.
Partiendo de lejos, dirigí la conversación sobre la confesión, pero la argumentación procedía con dificultad; de improviso se abrió la puerta y se presentó justo aquel familiar, que le dijo se diera prisa porque era hora de irse. Y se fueron después de un breve saludo. Me quedé solo... "¡Cómo concluirá este asunto?", me dije a mí mismo. Me puse de rodillas y supliqué con pocas palabras, pero fervorosamente, a la Inmaculada por intercesión de Gema. De pronto me viene una inspiración: salgo al pasillo y allí encuentro a dicho familiar. "Discúlpeme, -le dije dirigiéndome a él- aún debo despachar un asunto con este señor". "Por supuesto, pase", contesta. Mi hereje estaba ya saliendo de su habitación con la maleta en la mano: yo lo invité a la mía. Tras cerrar la puerta, tomé un "Medalla Milagrosa" y se la di como recuerdo. La aceptó por cortesía. Entonces le propuse de nuevo de confesarse.
"No estoy preparado. ¡No! ¡Absolutamente no!", fue su respuesta. Pero... al mismo tiempo cayó de rodillas, como si una fuerza superior lo hubiese obligado a hacerlo. La confesión empezó. Y lloró como un niño...
La Inmaculada había ganado incluso sin "pruebas más claras". (EK1047)

 

Lo que representa la Medalla Milagrosa

Constituye en cierto modo la señal externa de la total consagración interna a la Inmaculada. (segunda condición para pertenecer a la MI).
Esta medallita se llama comúnmente "milagrosa", ya que en efecto, ha obrado innumerables conversiones. La Inmaculada se complace en hacer descender continuamente numeros´simas gracias sobre aquellos que la llevan al cuello con devoción. (EK 1226)

 

Origen de la Medalla Milagrosa

La medalla tuvo su origen en el año 1830 y fue acuñada en el 1832. La misma Inmaculada quiso mostrársela a Catalina Labouré, novicia de las Hermanas de la Misericordia, en Paris. La gran cantidad de gracias obtenidas confirma la autenticidad de esa aparición. (SK 1226) 

Escuchemos su relato: "El 27 de noviembre, sábado anterior al primer domingo de Adviento, mientras estaba meditando en el profundo silencio de la noche, me pareció sentir el crujido de un hábito de seda, que procedía de la parte derecha del santuario, y vi a la Santísima Virgen cerca del cuadro de San José; era de estatura mediana, pero de una hermosura tan extraordinaria que no puedo describirla. Un velo blanco le cubría la cabeza y le bajaba por los hombros hasta los pies... bajo sus pies estaba el globo terrestre...
Mientras fascinada por la vista de la Sma Virgen María, estaba observando atentamente su majestad, la Santísima Virgen dirigió hacia mí su benévola mirada, en tanto que una voz interior me decía: "El globo terrestre que ves representa el mundo entero y a cada persona"... "Los rayos que ves salir de las palmas de mis manos son el símbolo de las gracias que derramo sobre aquellos que me las piden"  (EK 1011)

 

Como está hecha la Medalla Milagrosa 

Luego la Sma Virgen que tenía las manos dirigidas hacia la tierra, fue rodeada como de un marco ovalado, en el cual apareció a siguiente inscripción en caracteres de oro: "Oh María sin pecado concebida, rogad por nosotros, que recurrimos a Vos". Luego oí una voz que me decía: "Haz acuñar una medalla según este modelo; todos aquellos que la lleven recibirán grandes gracias, en particular s la llevan al cuello. Concederé con generosidad numerosas gracias a quienes confíen en mí."
A este punto -continua la religiosa- me pareció que el cuadro daba vuelta. Y en la otra cara vi la letra "M", en cuyo centro erguía una cruz, y debajo de monograma de la Sma. Virgen estaba el Corazón de Jesús circundado por una corona de espinas y el Corazón de María traspasado por una espada." (EK 1011)

 

María misma dio a la humanidad la Medalla Milagrosa

En distintas ocasiones la Sma Virgen María ha ayudado a sus hijos y ha ofrecido diferentes maneras de alcanzar más fácilmente la salvación y la liberación de los demás del yugo de Satanás. Ahora, en la era de la Inmaculada Concepción, la Sma Virgen ha entregado a la humanidad la Medalla Milagrosa, la cual, por medio de innumerables curaciones y sobre todo de conversiones milagrosas, confirma su procedencia celestial. Al manifestarla, la Inmaculada misma prometió muchísimas gracias a todos aquellos que la llevaran; y ya que tanto la conversión y la santificación, son gracias divinas, la Medalla milagrosa es el mejor medio para alcanzar nuestro fin. Ésta constituye, pues, la mejor arma de la "Milicia". (EK 1248)

 

La "munición" de la Inmaculada

Repartir su medalla donde sea posible, también a los niños, a fin de que bajo su protección tengan las fuerzas suficientes para rechazar las muchas tentaciones e insidias que los amenazan, sobre todo en nuestros tiempos.
También a aquellos que nunca entran a la Iglesia, que tienen miedo de acercarse a la confesión, que están sumergidos en la inmoralidad o viven en la herejía fuera de la Iglesia: a esos es absolutamente indispensables ofrecerles la medallita de la Inmaculada e nvitarlos a llevarla y, asimismo, suplicar con fervor a la Inmaculada por su conversión. Muchos alcanzan su fin incluso cuando alguien no quiere aceptarla en absoluto Pues bien, incluso se la cosen escondidas en la ropa y rezan, dejando a la Inmaculada que, tarde o temprano, demuestre lo que Ella sabe hacer. La Medalla Milagrosa, pues es la munición de la Milicia de la Inmaculada. (EK 1122)

 

La batalla está ganada

Hace unos días vino una señora para pedirme que fuera a ver a un enfermo que.. no quería confesarse. Había ido ya el sacerdote don H., el cual me había enviado a aquella señora, ya que sus tentativas habpian fracasado.
"¡El enfermo ora a la Virgen rezando al menos un Ave María al día?", le pregunté.
"Se lo propuse, pero él contestó que no cree en la Virgen".
"Se lo ruego, llévele esta medallita -dije yo, dándole una Medalla Milagrosa. ¡Quién sabe si la aceptará por respeto a usted y permitirá que se la ponga al cuello!"
"La aceptará por respeto a mí".
"Bien, llévesela y ruegue por él; por mi parte trataré de ir a visitarlo".
Y se fue...
Entre tanto me encontré con don H., quien me comentó: "Fu a ver al enfermo como si se tratara de una persona conocida, sin embargo, no conseguí nada. Le ruego a usted que vaya también. Tengo que añadir que el enfermo es una persona culta; acaba de terminar los estudios universitarios de silvicultura".
No ucho tiempo después aquella señora regreso para decirme que el enfermo estaba empeorando y que sus padres, que estaban junto a él, no se preocupaban de llamar a un sacerdote por temor de impresionarlo. Pensaba para mí: "El enfermo no desea un sacerdote y sus padre tampoco: ¿merece la pena ir?"
Pese a todo fui, aunque en lo profundo de mi alma me atormentaba la duda sobre el resultado de la visita. La única esperanza estaba en la medallita que el enfermo tenía consigo. Durante el trayecto recé el rosario. Después de un penoso camino llamé a la puerta del hospital. Me acompañaron enseguida al pabellón de enfermedades contagiosas donde se encontraba el enfermo. Me senté junto a la cama y empecé una conversación. Me enteré de su estado de salud, pero en breve la conversación se centró sobre temas religiosos. El enfermo me manifestaba sus dudas y yo trataba de aclarárselas.
Durante la conversación vi en su cuello un cordoncito azul, precisamente el de la medallita. "Tiene la Medalla -pensé- entonces la batalla está ganada".
De improvisto el enfermo me dice:
"Padre, ¡podríamos llegar a la conclusión?".
"Entonces, ¿usted quiere confesarse?" -le pregunto.
Por toda respuesta un llanto copioso trastornó su pecho enflaquecido... Los sollozos duraron un buen rato... Cuando el enfermo se calmó, inició la confesión.
Una vez recibid el viático y la unción de los enfermos, el enfermo quiso manifestarme su agradecimiento, abrazándome y besándome. No obstante el peligro de infección de la enfermedad, le di de buen grado el beso de la paz. ¡Gloria a la Inmaculada por esta victoria!  (EK1066)