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100 años del padre Faccenda

Una voz para nuestros tiempos 

Celebramos los 100 años del nacimiento del padre Luis Faccenda, fundador de nuestro Instituto, y los 15 de su partida al cielo. Son muchos los motivos para agradecer y hacer tesoro del carisma, de su rica herencia espiritual y misionera.  
Presentamos breves páginas del su biografía que iremos publicando en María Misionera, que ha escrito Giuseppina Marinaro.
 

DESDE SAN BENEDETTO VAL DI SAMBRO 

Muchos de nosotros hemos conocido al padre Luis Faccenda, fraile franciscano de la Iglesia de Bolonia, fundador de nuestro Instituto, nacido en San Benedetto Val di Sambro el 24 de agosto de 1920. Hemos participamos de sus misas, hemos escuchado el timbre de su voz segura y confiable, a veces prudente y calma, la mayoría de las veces decidida, dinámica y apasionada. Del padre Faccenda conservamos una abundante cantidad de material en audio y escrito: grabaciones de sus homilías,  discursos y editoriales de temas y argumentos diferentes, algunos inéditos. Volver a escuchar esta “voz” despierta muchos recuerdos, reaviva afectos y sentimientos y suscita el deseo de compartir, con quienes no lo conocieron, la riqueza de su persona y su palabra. A 100 años de su nacimiento y 15 años de su muerte, queremos recordarlo en los aspectos esenciales de su vida y volver a escuchar su voz para profundizar sus pensamientos y emociones. El padre Luis Faccenda antes de ser fraile se llamaba Mario. De niño iba a misa con su mamá Augusta, cortando camino por los senderos fascinantes de los Apeninos boloñeses. Siempre recordaba agradecido la Iglesia de Gabbiano, de cúspides blancas y delgadas que asomaban entre los abetos y arbustos y los verdes prados del Valle de Sambro, que recorría trotando a caballo, soñando los caminos del anuncio misionero. Mario quería ser fraile, soñaba “conquistar almas para Dios”. Atraído por el sayal de los franciscanos conventuales, entró a los 12 años en el Seminario de Faenza. Después de sus estudios, decidido pero con su salud frágil, hizo su profesión simple en 1938 en Asís y en 1941, en Faenza, la solemne. El 18 de mayo de ese año fue ordenado sacerdote.

De sus palabras
«Cuando llega la enfermedad y parecía que comprometía mi vocación, llegaba a la noche triste, pensaba en mi convento, pensaba en el sacerdocio de mañana, pensaba en la vida misionera. ¿Señor me darás la salud o no me la darás más? No importa, le decía, con tal que tú te quedes conmigo, con que mi alma no caiga en la noche».

 

LA NOVEDAD QUE NOS PONE EN CAMINO

El padre Luis Faccenda, ya sacerdote, tenía 25 años cuando en 1945 se convierte en el director de la Milicia de la Inmaculada de Bolonia, el Movimiento mariano de la Milicia fue fundado en 1917 en Roma por Maximiliano Kolbe. El sueño del padre Faccenda era la misión, pero la salud no lo acompañaba. La guerra había agotado sus frágiles fuerzas y le impedía ayudar a las personas desplazadas y fugitivas, a las almas perdidas, refugiadas en el convento y por todas partes en Faenza, continuamente bombardeada y zarandeada por los alemanes. Finalmente la guerra terminó y el padre Luis fue trasladado a Bolonia. Continuó soñando con la misión: el movimiento de la Milicia de la Inmaculada fue la respuesta nueva e inesperada de Dios a sus ardientes pedidos. Después del primer desconcierto, el fraile joven y generoso no perdió el tiempo, porque ese cohermano polaco, que murió heroicamente en Auschwitz, incluso más que cuando vivía, le hablaba por dentro, le tocó el corazón. El padre Faccenda, fascinado por Kolbe, intuye la novedad, el impulso excepcional de vida: abraza a la Milicia y, contento, se pone en camino por las calles del mundo.

De sus palabras
«Creo que he conocido al padre Kolbe; y profundicé en conversaciones íntimas y profundas con su espíritu bendito, estudiando, meditando y contemplando los acontecimientos más destacados de su vida; los ambientes, las experiencias, las personas y el momento histórico en el que se encontró viviendo sus cuarenta y siete años. Así entendí que la herencia espiritual de san Maximiliano es ilimitada. La consagración total a la Inmaculada que vivió y promovió es una verdadera espiritualidad. Es sin duda un legado muy exigente, porque se trata de imitar a quien nos la dejó» (Conferencia, mayo 1995).