La Inmaculada en Lourdes, en su aparición, no dice: “Yo fui concebida inmaculada”, sino “Yo soy la Inmaculada Concepción”. Con estas palabras Ella determina no sólo el hecho de la Inmaculada Concepción, sino también el modo en que este privilegio le pertenece. Por lo tanto no es algo accidental, sino que forma parte de su misma naturaleza. Ella es, pues, la Concepción Inmaculada. Por consiguiente, Ella es tal también en nosotros y nos transforma en sí misma como inmaculados... (EK 486)
La Inmaculada en Lourdes, en su aparición, no dice: “Yo fui concebida inmaculada”, sino “Yo soy la Inmaculada Concepción”. Con estas palabras Ella determina no sólo el hecho de la Inmaculada Concepción, sino también el modo en que este privilegio le pertenece. Por lo tanto no es algo accidental, sino que forma parte de su misma naturaleza. Ella es, pues, la Concepción Inmaculada. Por consiguiente, Ella es tal también en nosotros y nos transforma en sí misma como inmaculados... (EK 486)
La Iglesia Católica cree que, no obstante la ley universal según la cual todos los hombres nacen manchados por el pecado original, por una especial gracia divina sólo María, la Madre de Dios, desde el primer instante de su existencia fue preservada del pecado original y, por su ilimitada pureza e infinita santidad, llegó a ser digna Madre del Hombre-Dios. Por todo ello, la Iglesia Católica llama a María “Inmaculada”, “Madre Santa”, o “Virgen concebida sin mancha de pecado”. (EK 1203)
La fe en la Inmaculada concepción de la Sma. Virgen María, cuya solemnidad celebramos hoy, se remonta a los inicios de la Iglesia, aunque el dogma no fuese definido hasta 1854. Cuatro años más tarde, en Lourdes, la misma Inmaculada, solicitada por una pregunta de Bernardita, afirmó: “Yo soy la Inmaculada Concepción”. Como consecuencia de la proclamación de ese dogma, la devoción a la Inmaculada se difundió ampliamente en el mundo. (EK 1222)