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¿La castidad es para vos?

Antes de decir «¡No!», tomáte el tiempo para leer  estas líneas... Si entre tus objetivos está la madurez humana y afectiva, tal vez encuentres algo para vos...

La relación entre un hombre y una mujer es esencialmente una relación de amor. La sexualidad tiene justamente como fin intrínseco el amor, y más específicamente el amor como donación de sí y acogida del otro. La sexualidad orientada, elevada e integrada por el amor adquiere su verdadera calidad humana.

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Amor y libertad

La vocación al amor que todos tenemos se realiza de dos formas: en el amor virginal y en el amor del matrimonio. Ambos, para desarrollarse, requieren el compromiso de vivir la castidad, de acuerdo al propio estado. De hecho, para crecer en el amor,  o sea en la entrega madura de nosotros mismos, es necesario disciplinar nuestros sentimientos,  pasiones y afectos. Es necesario rechazar ciertos pensamientos, palabras y acciones; superar los impulsos instintivos de la propia naturaleza, entrenándonos en una capacidad de autodominio que nos lleva a la libertad interior, y es signo de responsabilidad hacia uno mismo y hacia los demás. Si no controlamos nuestras pasiones, quedamos dominados y esclavizados por ellas.
La castidad es esa energía espiritual que libera el amor del egoísmo y de la agresividad. Sin castidad, el amor se limita sólo al placer y no se abre a la entrega de nuestro ser.
A través de la castidad, podemos desarrollar armónicamente nuestra personalidad, y vivir en la paz interior. La pureza de mente y de cuerpo hace que podamos respetarnos a nosotros mismos y seamos capaces de respetar a los demás, porque nos hace ver en ellos una imagen de Dios.
Encontrándonos en ambientes donde se ofende y se desacredita la castidad, vivir de un modo casto exige una lucha exigente y hasta heroica.
Una especie de esfera erótica nos envuelve y rodea. Su incidencia es muy grande, sobre todo por la carga de imágenes provocatorias que hacen más difícil la continencia, porque no sólo sobreexcitan instintos y deseos, sino que los hacen tan imperiosos que resultan indeclinables.
La sexualidad no es un ám-bito para desahogar una espontaneidad sin límites y desenfrenada. Hay normas y leyes, para que ella pueda llegar a sus objetivos. Entendemos que hay normas objetivas y que no basta ir adonde nos lleva el corazón. Es importante tener libertad afectiva, enriquecer nuestros deseos, tener una disciplina inteligente y un orden en el amor.

 

Una desviación

La masturbación es la excitación voluntaria de los órganos genitales para obtener un placer venéreo. Ya en la adolescencia se dan profundos cambios físicos y psíquicos, en especial en los sentimientos, los afectos y la sexualidad. El desarrollo sexual va acompañado de inmadurez personal, y por lo tanto la dificultad de comprender y orientar el impulso y el deseo sexual es lo que da lugar en medida más o menos frecuente a la masturbación (auto-erotismo).
El placer físico que supone, muy pronto lleva a reproducir y multiplicar este acto inicial. Rápidamente se crea un hábito, que cuanto más se arraiga más difícil resulta superarlo. Pero no es imposible. «Tenés que saber que sos libre frente a este problema, podés superarlo», son las palabras de un papá a su hijo de 16 años. Y han sido de gran ayuda.  El alcohólico no queda indiferente cuando tiene el deseo de beber; es lo mismo para quien se masturba. Hay que aprender a decir no, para llegar a una sana afirmación de nuestro ser.
Se escucha decir que masturbarse es algo normal, que es una experiencia útil, buena para el equilibrio físico y psíquico. En realidad, cada vez que utilizo mi cuerpo de una forma que no corresponde a la finalidad para la que fue creado, no hace bien ni a mi alma ni a mi cuerpo. Este acto, a pesar de que aporta un placer inmediato, nos hace encerrar en nosotros mismos y aislarnos de los demás. Poco a poco entramos en un túnel que dificulta la apertura hacia los demás y hacia el verdadero amor. 
Es posible salir. El primer paso es dominar la sexualidad. No siempre es posible dominar la imaginación, pero sí, los actos. A partir de aquí nos vamos re-educando, fortaleciendo nuestra voluntad y esperanza. Se trata de dar pequeños pasos que pueden ser no mirar ciertas cosas y dominar el corazón, abrirnos y entregarnos a los otros, también con gestos caritativos y solidarios. Tener una forma de vida que nos haga más firmes y preparados para amar.

 
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Pudor y continencia

La única posibilidad para contrarrestar la influencia negativa que ejerce el ambiente es la castidad, que se expresa en la continencia y el pudor.
Todos los grandes deseos y objetivos exigen disciplina para alcanzarlos. Si queremos alcanzar la madurez y la libertad afectiva, necesitamos identificar nuestras inmadureces y necesidad de gratificarnos, y educarnos en la continencia, asociada al pudor. El pudor que lleva a la idea de la persona y de la sexualidad como misterio y regalo, y hace surgir el respeto por el propio cuerpo y el del otro.
El pudor es sinónimo de fineza y delicadeza de espíritu. Es protección del amor. El amor verdadero no pretende conquistar completamente al otro. El amor se insinúa más que se demuestra (las pruebas de amor no prueban nada).
Si el pudor manifiesta lo misterioso, la continencia exterioriza su forma de actuar. Es el camino para la castidad, necesaria para cualquier tipo de vida. La práctica del autoerotismo, la fantasía pornográfica, el deseo sutil de dominar a los otros y violentar el pudor propio o ajeno, la seducción vivida como conquista del otro y de la sinceridad de sus afectos, son expresiones externas de infantilismo sexual todavía no dominado, que nos apartan del fin natural de la sexualidad y bloquean nuestras aspiraciones. En cambio, la renuncia inteligente y motivada, en función de un gran valor, hace que nazcan en nosotros nuevos deseos, una nueva sensibilidad, un nuevo modo de pensar la vida y el amor, y de buscar un mundo nuevo lleno de sueños y aspiraciones, una nueva vida con una nueva libertad, también en la forma de vivir la sexualidad. 
 
La vida es un bien recibido que, por su naturaleza, tiende a convertirse en un bien ofrecido. Para ello, es necesario bendecir la propia sexualidad y todo lo que en ella está inscripto de modo misterioso, viviéndola plenamente en la libertad del corazón, de la mente y de la voluntad. «Y Dios vio que era muy bueno».
La oración se convierte en  fuente de integración sexual, conectándonos con Dios, fuente de todo bien.

 

A.I.M.

 

«Y Dios creó al hombre a su imagen... los creó varón y mujer. Y los bendijo diciéndoles: “Sean fecundos, multiplíquense...”. Y vio que era muy bueno» (Génesis 1,26-31)
 
La castidad es una virtud que se va aprendiendo, que se educa. Es una propuesta de identidad y de comprensión de nuestro yo como un don recibido y un don que podemos ofrecer.
Es la capacidad específica de amar. Nos permite percibir la belleza del cuerpo humano, gozando en función de esa belleza sin buscar formas egoístas de gozar.
 
Para iluminar desde la Palabra Génesis 1,27-31
Salmos 119,9-10
Eclesiastés 11,9
Eclesiástico 26,10-11
1 Timoteo 4,12 y 5,1-2
2 Timoteo 2,22 - Tito 2,6-7

 
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