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Libres para amar

Jóvenes de hoy se dejan interpelar por las Bienaventuranzas de Jesús. Proponemos algunos puntos del tema que más les impactó, para desarrollarlos en artículos sucesivos.

Felices los pobres... Felices los que tienen hambre y sed de justicia... Felices los puros de corazón... Y fuimos descubriendo qué valores están animando nuestras vidas y cómo podemos descubrir y seguir el proyecto que Dios nos propone para ser felices.

Felices los puros de corazón

Esta Bienaventuranza nos hizo reflexionar mucho. Aclaramos algunos términos poco o mal utilizados en nuestras conversaciones:
Sexualidad: energía de vida que impregna todo lo humano, no sólo los genitales o alguna parte del cuerpo, sino todo lo que hace a la persona: modo de pensar, sentir, desear, trabajar, crear, relacionarse; cada cosa la vive y le afecta desde su masculinidad o femineidad.
Castidad: modo de ejercer ordenadamente la sexualidad desde la razón y desde la fe, según el propio estado de vida. Virginidad: no es sólo no haber tenido relaciones sexuales. Es una opción libre y voluntaria por un estilo de vida, a imitación de Cristo virgen. El fundamento de la vida en virginidad es Jesucristo. Es la causa que motiva la virginidad. Sólo se vive la verdadera virginidad, cuando uno ha quedado realmente fascinado, cautivado y seducido por la Persona misma de Jesús. La virginidad es algo que se debe aprender. Es absoluta disponibilidad-pertenencia a Dios. 
 
Algunas preguntas muy elocuentes nos sirven para aclarar e intercambiar nuestras propias vivencias y dudas. 
     
Para muchos la sexualidad ha quedado reducida a una actividad casi biológica, que se usa como a uno le apetece, sin valoración alguna. Mientras que el dinamismo profundo de la sexualidad es la apertura oblativa (el don gratuito de sí mismo) a los otros. En la educación sexual y formación de la persona es necesario tener presente muchos aspectos: condiciones de salud, influencia del ambiente familiar y social, impresiones recibidas, reacciones, educación de la voluntad y el grado de desarrollo de la vida espiritual sostenida por la gracia.
Cuando la sexualidad no es madura, hay regresiones o fijaciones, como la masturbación, la cosificación del otro, las relaciones prematrimoniales sin proyectos de vida, etc.

 

Todos estamos llamados a la castidad. Esta es don de Dios y tarea humana. Es condición indispensable del desarrollo personal y expresa la realidad del cuerpo, templo del Espíritu Santo. Para ser casto hay que superar la mera genitalidad, el autoerotismo y el hedonismo consumista. Todo esto va encaminado hacia el compromiso definitivo de la virginidad o el matrimonio. El pudor debe ser entendido como la vigilancia constante para defender la dignidad del hombre y el amor auténtico.
El celibato y la virginidad son valores al servicio «del Reino», es decir, vocación de amor universal, tal como Cristo amó a la Iglesia. Son un don de Dios que expresan la prioridad de Dios y la importancia del Reino.
Y nos aclararon más lo que se entiende por castidad, celibato y virginidad.
La castidad responde a la necesidad de regular, desde la razón y la fe, todo lo relativo a la fecundidad, en conformidad con las exigencias del propio estado. 
Es precisamente esta virtud reguladora, común y universal, necesaria para todos. Hacer voto de castidad no implicaría –en el caso de un matrimonio– renunciar al ejercicio de la genitalidad, sino comprometerse a «regular» ese ejercicio –que es verdaderamente casto– desde la razón iluminada por la fe cristiana.

 

Existe también una opción libre y voluntaria por un estilo de vida que, de hecho, excluye el matrimonio. Una opción que se hace por motivos nobles y legítimos, pero humanos y naturales. Se opta por ese estilo de vida como proyecto humano de existencia, como manera de realizarse en cuanto hombre o  mujer, abiertos a todas las personas (podría ser el caso de un médico, de un científico, o de quien elige cuidar a sus padres o familiares...). No es un replegamiento sobre sí mismo, sino una apertura a los demás. A este hecho y a esta situación la llamaríamos celibato.
 
Se da, además, la opción libre y  voluntaria por un estilo de vida en configuración con Cristo-virgen y en respuesta a una especial vocación divina.  Es común a los dos sexos y no consiste sólo en la renuncia a toda actividad sexual-genital, sino que representa una transformación profunda de la persona, en una especial relación con Dios y con el prójimo. Es la plena libertad del amor exclusivo por Dios. 
Se puede resumir en esta expresión: el virgen por el Reino de los cielos ama a Dios con todo su ser (hasta el punto de renunciar para siempre a la relación privilegiada con una criatura), para amar con el corazón de Dios (amando a todos intensamente sin atarse a nadie y sin excluir a ninguno). 
La virginidad cristiana es por esencia fecunda. La experiencia de la fecundidad no se reduce a la estructura de la genitalidad corporal. El virgen expresa su fecundidad a través del lenguaje de la caridad. Si no hay fecundidad en la caridad, no hay virginidad.
 
Virginidad y fecundidad no se excluyen. En el matrimonio, la fecundidad se convierte también en maternidad generativa corpórea; en la virginidad, en cambio, la fecundidad excluye la maternidad de la carne. Pero, tanto en el matrimonio como en la virginidad, la fecundidad espiritual es necesaria. Sin fecundidad no existe ni matrimonio ni virginidad consagrada.
La experiencia de María expresa el misterio de toda fecundidad: a Ella se le concedió ser fecunda como virgen y como madre en la plenitud del Espíritu. Fue madre a la manera de una virgen, con un corazón universal; y fue virgen a la manera de una madre, con un cuerpo fecundo. Gracias a la obra del Espíritu Santo.

 

¿Cómo remar contra corriente?

No resulta «fácil», pero al mismo tiempo lo sentimos un ideal alto y atrayente, que nos hace mirar a nosotros mismos con un nuevo y profundo respeto. No nos podemos conformar con diversiones vanas, con modas pasajeras y proyectos limitados. Queremos ser «sal de la tierra» y «luz del mundo», tendiendo a la santidad. Y ahora tenemos más claro cómo alcanzarlo.
 
Este esfuerzo constante es sostenido por la gracia divina, mediante la Palabra de Dios recibida con fe, la oración confiada y los sacramentos: Eucaristía y Reconciliación. La oración personal y comunitaria es el medio insustituible para obtener de Dios la fidelidad a los valores más elevados, para poder resistir a los impulsos de nuestra naturaleza humana herida por el pecado y conseguir el equilibrio de las emociones que surgen por influencias negativas del ambiente. La vida interior nos llevará a la alegría cristiana, siempre victoriosa, más allá de todo moralismo y ayuda psicológica, en la lucha contra el mal. Del contacto íntimo con el Señor tomaremos la fuerza para vivir con pureza y realizar nuestra vocación humana y cristiana con un sereno dominio de nosotros mismos y con la donación ge-nerosa a los demás.
María, nuestra Madre, acompaña y alienta nuestro caminar. A Ella consagramos nuestras vidas porque creemos que Ella podrá ayudarnos a realizar estos sublimes ideales.

Un grupo de jóvenes

 

Para la reflexión

1. A la luz de lo leído y de tus conocimientos, ¿tu concepto de sexualidad adquiere una nueva dimensión? ¿cuál?
2. ¿Es un valor actual la castidad?
3. ¿Quiénes tienen que vivir la castidad?
4. ¿Qué dificultades se encuentran para vivirla?
5. ¿Te parece posible y actual una opción de vida virginal?  ¿qué temores y dificultades pueden surgir?
6. De estos temas ¿cuáles te gustaría profundizar para próximos artículos?
 
Nos gustaría conocer tus respuestas. ¡Escribinos!

 
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