Es una historia de la Edad Media. Pero fue también la historia del Santo Cura de Ars y puede ser la de nuestro tiempo, en que la Iglesia va buscando nuevos caminos para realizar el mandato del Señor: «Vayan y anuncien el Evangelio a todas las naciones...» (Mt 28,19-20).
Attone, obispo de Vercelli (Italia), uno de los mejores predicadores del siglo X, estaba preocupado. La muchedumbre se apiñaba para escucharlo, los templos se llenaban, pero... la vida no cambiaba: riñas, asesinatos, robos, traiciones, fraudes, injusticias, todo seguía igual. Entonces, ¿era inútil predicar, sembrar la palabra de Dios, advertir a los poderosos, levantar a los humildes, recorrer hasta el más pequeño pueblo de su diócesis, para llevar el Evangelio?
Attone empezó a predicar menos, y cuando lo hacía, se notaba en su voz y en su rostro una especie de resignación, como si dijera: «Yo hablo porque debo, pero ya sé que es inútil, mis palabras no vencerán esta maldad tan extensa». Y callaba cada vez más, pero también cada vez más rezaba y lloraba, porque era un santo.
Fue así que, un día... Era el 29 de septiembre del año 950, fiesta litúrgica de San Miguel Arcángel y, en ese tiempo, también de todos los Ángeles.
A Attone le pareció estar en su hermosa catedral. Una enorme muchedumbre esperaba en silencio su homilía. El obispo dejó el altar y se dirigió hacia el pueblo para empezar a predicar. Pero sentía sobre sí, pesado como pedernal, el desgano, el sentido de inutilidad de lo que estaba por hacer. «¿Para qué, Dios mío? Tal vez, esta gente tiene escondido en sus vestiduras el cuchillo o el veneno con que matará después de haberme aplaudido. ¿Para qué sirve mi palabra?».
Recién había empezado a hablar, cuando dos jóvenes se pusieron a su lado: uno a la derecha y el otro a la izquierda. Tenían una mirada y una sonrisa tan luminosa que le hicieron sentir todo el entusiasmo de su juventud. Después, vio que bajaban entre la muchedumbre, que parecía no darse cuenta de su presencia. Tenían cada uno un canasto. Sí, le parecía ver la escena de la multiplicación de los panes y de los pescados... Pero no, no eran panes o pescados lo que distribuían, sino granos de trigo. Pasaban fila por fila como si estuvieran sembrando un campo. Algunos granos caían en el suelo, pero los otros desaparecían como absorbidos por la muchedumbre que lo escuchaba. Un pensamiento le atravesó la mente: como semilla es la Palabra de Dios...
Miró a la multitud y vio que ahora estaba formando una larga fila que ya llegaba hasta él. Calló.
«Este hombre –le dijo una mujer– mató a mi hijo. Me acordé de una palabra tuya y le pude perdonar».
El hombre que venía detrás continuó: «Después de escucharte decidí volver junto a mi esposa y a mis hijos...». Otra mujer: «Aquí te traigo el veneno con que quería vengarme». Así, cada uno. «Devolví lo robado... dejé los hechizos... compartí mis bienes con los pobres...». El obispo escuchaba y lloraba. «¿Cuándo, Señor, hice todo esto? No conozco a esta gente».
Cuando la procesión terminó, los dos jóvenes se arrodillaron delante de él. Attone los hizo levantar. «Y ¿ustedes quiénes son?».
Uno de ellos sacó un pergamino y leyó: «Como baja la lluvia del cielo y no vuelve sin regar a la tierra y hacerla brotar... así será mi Palabra. ¿Recuerdas estos versículos de Isaías (55,10-11)? Yo soy el ángel que custodia tu catedral. El Señor me encargó decirte que no sos vos el que predica, sino El, a quien vos le prestas tu boca, y su Palabra siempre tiene poder de transformación...».
El otro joven dijo: «Yo soy el ángel encargado de los sacerdotes y de quienes hablan en nombre del Señor, para que nunca se cansen de anunciar la Palabra, ni por su incapacidad, ni por la visión del mal, que siempre estará en esta tierra, por la libertad que Dios concede al hombre. ¿Quieres saber cómo será al final de los tiempos? Abre la carta de San Pablo: “En los últimos tiempos... los hombres serán egoístas, amigos del dinero, soberbios, crueles, traidores, más amantes del placer que de Dios...” (2 Tm 3,1-4). Sin embargo, la Iglesia será construida enteramente, la Iglesia Cuerpo místico de Cristo, rica de toda agua viva que sostiene el mundo, pero en el secreto, en el silencio, en la humildad, que son lo único que le gusta a Dios».
El secretario del obispo, cansado de golpear a la puerta, se decidió a abrirla despacio, pero en seguida la cerró, conmovido. Attone estaba arrodillado con los brazos abiertos, como en éxtasis. No, no se debía molestar al obispo...
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