
Mirta y Eduardo Ferreras, de Olavarría, han celebrado año sus bodas de perla (30 años), y con agrado aceptan compartir algo de su vida.
Eduardo reconoce que la Virgen María estuvo presente en su vida desde que era niño, ya que su familia era muy creyente. Lo mismo nos cuenta Mirta. Gracias a Dios, crecieron con los valores cristianos bien metidos en su corazón. Sin embargo, desde la adolescencia y la juventud, él no iba «muy seguido» a la Iglesia y él mismo no sabe explicarse el por qué. Lo que sí, hacían, ya casados, era ir todos los años en peregrinación a la Virgen de San Nicolás. Esta exigencia de encontrarse con la Mamá del Cielo era muy fuerte en los dos.
En su matrimonio no han tenido hijos, a pesar de haberlo querido. Mirta no esconde que esto fue muy duro al comienzo, y le causó tristeza y depresión, pero reconoce muy agradecida que Eduardo nunca se lo hizo pesar. Él la sostuvo siempre y esto, junto a la oración constante, la ayudó a superar esa situación y verla de otro modo. «Por alguna razón –comenta Eduardo– Dios quiso que no tuviéramos hijos. Estamos tan convencidos de que Él es el Dios de la vida que, si no tuvimos hijos, es porque Él no quiso. Cierto, nos dimos cuenta de que esta era nuestra cruz, pero puedo decir que ya no pesa, porque la aceptamos. Entendimos que, al no ser padres biológicos, debíamos profundizar y fortalecernos en nuestra relación matrimonial, en la fidelidad a las promesas que un día nos hicimos en el altar. Por eso cuando celebramos un aniversario de casados, la fiesta verdadera es renovar nuestras promesas en la Misa».
«También vimos –agrega Mirta– que el Señor nos iba poniendo en el camino distintas situaciones y ocasiones para brindar nuestro cariño y nuestra ayuda. Y hacemos la experiencia de que dando se recibe, no sólo a nivel económico, sino humano y espiritual. Fuimos dando y cada vez sentimos que recibíamos más».
«En mi camino de fe –comparte Eduardo– hubo un momento muy importante. Empezamos a participar con Mirta en encuentros bíblicos de estudio y de oración. En uno de estos encuentros, mientras rezábamos, experimenté la gracia de una luz especial en el alma, que me quitó toda la pesadumbre que tenía y me dejó una inmensa paz. Reconozco que me cambió la vida, dándome una actitud distinta, espiritual, frente a las cosas… Y me preguntaba qué quería decir eso. Después, me di cuenta que fue una preparación para recibir el don de la consagración a la Inmaculada».
«No conocíamos a las Misioneras –dice Mirta–. Sólo habíamos escuchado hablar de ellas, pero teníamos una cierta curiosidad de saber algo más. Un día leímos en el diario que había un encuentro para matrimonios en el Centro Padre Kolbe. Nos pareció la ocasión propicia para conocerlas. Nos gustó mucho el contenido, el clima que encontramos y con muchas ganas seguimos participando de los encuentros sucesivos, hasta que, al final del año –era el 2004–, aceptamos la propuesta de consagrarnos a la Inmaculada como pareja».
Interviene Eduardo: «¡Fue fácil consagrarnos! Después vino la que yo llamo la responsabilidad de la consagración. Sentí claramente que me comprometía con la Virgen, como también me comprometía conmigo mismo. Le había dado mi palabra a Ella y eso me llamaba a hacer de todo para ser coherente y fiel. Pero, en la medida en que asumí esa entrega, experimenté que ¡la consagración es algo fantástico!». «A mí me dona mucha paz –dice Mirta–, mucha serenidad y tranquilidad, el saber que estoy en las manos de mi Madre. Siento un mayor afecto hacia Ella y me encuentro en un continuo diálogo interior con Ella, contándole todo lo que me pasa».
Esta experiencia de la consagración los lleva ahora a ser fervientes y convencidos mensajeros de María, de modo especial a través de la difusión de la Revista Milicia Mariana.
Eduardo y Mirta