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En dialogo con la vida

Ser libres es el desafío de nuestro tiempo.
Estamos siempre más amenazados y cercados por enemigos invisibles, que intentan quitar la luz de la esperanza.

Para crecer necesitamos leche y miel, decía Fromm. La leche representa los cuidados maternos, mientras que la miel simboliza la dulzura de la vida, la alegría de «sentirse vivos». Es hermosa esta expresión: sentirse vivos y gozar de este estupor.

amistad

Dos fuerzas

El ser humano está en medio de dos fuerzas: centrípeta y centrífuga.
La fuerza centrípeta tiende a la introversión, a la introspección, a la meditación y a la serena reflexión.
La fuerza centrífuga empuja a la extroversión, a la colaboración, a la acción y a la coherente afirmación de las propias instancias de realización. El equilibrio se realiza en el momento en que estas dos fuerzas se viven en un alternarse de un área a la otra. Como joven es fácil  seguir sólo una dirección.
Cuando domina la fuerza centrípeta tendemos a encerrarnos totalmente en nosotros mismos, en un propio mundo ideal-subjetivo, que a menudo corre el riesgo de perder los contactos con el externo-subjetivo. Podemos encerrarnos en una realidad virtual como Internet, que no tiene nada que ver con el mundo real. Conocí jóvenes que «chatearon» durante meses y meses con un alma gemela y luego vieron quebrantado su sueño en el primer encuentro real, cara a cara. Rechazar abrirnos, contar las propias emociones, sensaciones y sentimientos es otro modo de tener todo dentro de sí y así sentirnos siempre distintos, incomprendidos, marginados o no aceptados.
Zambullirse en horas de televisión o de ensordecedora música es otra modalidad centrípeta, como emborracharse y refugiarse en continuas fantasías.
Cuando domina la fuerza centrífuga se genera un frenético movimiento y sentimos la exigencia de estar en compañía lo más posible. Quien no se concede nunca momentos de distensión, de calma, de quietud, de silencio, sino que tiene necesidad de ruido o de hacer algo, es presa de un ansia interna que lo hace impulsivo y necesitado de descargar su agitación interior hacia el exterior. Es una persona que deja poco espacio a los demás y no sabe escuchar.
 
Estas dos fuerzas se revelan en distintos aspectos. Por ejemplo, la bronca puede ser dirigida a sí mismos o hacia los demás. Si se dirige a sí mismos se convierte en un comportamiento masoquista y autodestructivo; si se dirige a los demás se convierte en agresividad maligna, sadismo y deseo de hacer mal al prójimo.

 

Puentes para construir

¿Cómo poner en relación positiva estas dos fuerzas?
Hay que construir un puente, el puente de la comunicación, sostenido por las bases de la buena voluntad y de los valores morales y éticos. Todo ser humano necesita ponerse en relación con sí mismo y con el mundo que lo rodea. El secreto de la existencia está en la capacidad de establecer un diálogo con la vida misma.
Tres son los puentes para construir: con sí mismo, a través de la introspección; con los demás, a través de la palabra; con Dios, a través de la oración. En los tres puentes la escucha tiene una función fundamental. Vivimos en la civilización del ruido y de las «palabras inútiles», una palabra vacía de significado y de riqueza expresiva. 

Estoy convencido plenamente de esta afirmación: «Ideas y palabras pueden cambiar el mundo». Y si el viento que empuja ideas y palabras es el del Amor, entonces veremos cosas hermosas. La escucha abre el corazón y la mente a la capacidad de establecer una relación profunda con nosotros mismos, con el prójimo y con Dios; y es de esta relación que nace la comprensión de lo que somos, de lo que son los demás, de lo que El es.
Sentirse comprendidos es el puente que nos permite salir de la prisión de la soledad, del abandono y de la angustia. Es en el compartir con los demás que nace la rica comprensión de la realidad interior de toda creatura humana, tan semejante y diferente de nosotros en el sufrimiento y en la alegría: es de este encuentro de cálida humanidad que nos abrimos a la dimensión de la esperanza y de la confianza.

 

Cada instante

Todos tenemos necesidad de encontrar un amigo, un punto de referencia, un gancho en medio del cielo, un arco iris de mágicos colores en el cual encontrar la fantasía y el brillo de los propios sueños.
Todos tenemos necesidad de trazar una línea que divida el bien y el mal, poniendo límites precisos y justos a la desenfrenada carrera contra el tiempo y hacia las diversiones de los tiempos modernos. Todos tenemos necesidad de descansar, de tomarnos el tiempo para caminar a pies descalzos sobre los pastos perfumados o sobre las playas de arena fresca, para dejar las huellas de la sencillez y de la vitalidad sobre este maravilloso planeta, tan contaminado por los virus del egoísmo y de la necedad humana.
Cuando dejamos de admirarnos por el don de la vida, dejamos de gustar el cosciente sabor de cada día, tan único y distinto de los otros. Cada día podemos aprender una nueva lección, dar un pequeño paso, ejercitarnos en el arte del equilibrio interior, cómo amar y perdonar más: ¿no es maravilloso todo esto? 

¿Qué esperamos para ser libre? Ustedes jóvenes, que son los recursos más valiosos de esta tierra, que pueden pintar de nuevos colores el futuro de este planeta, ustedes rechacen homologarse a los condicionamientos de los medios de comunicación y de las modas corrientes, que intentan asemejarlos a los osos amaestrados por los deseos de pérfidos explotadores de vuestras ganas de vivir y de probar emociones. Rechacen caer en las trampas de la vulgaridad, de la bronca del gritar y vomitar en músicas o lugares que ensordecen vuestra sensibilidad a la belleza, a la armonía, a la creatividad.

 

No malgasten la unicidad de su propio ser en el hacerse fotocopias de falsos ídolos; no renuncien a su santa rebelión en contra de la superficialidad y de la costumbre. Sean sal para este mundo, para nosotros adultos que tenemos el poder económico, pero que perdimos el del corazón y el de la verdadera juventud: el amor por la vida, por el prójimo y por esta tierra.
Reciban cada instante de su precioso tiempo para que sus vidas sean extraordinarias, porque uste-des son una obra de arte, una obra única e irrepetible en la historia de toda la humanidad.
 
Ustedes son más que el cielo y las estrellas de todo el firmamento, ustedes son más que un alba tímida de sol o que un ocaso rojizo, ustedes son más que todas las bellezas esparcidas por el universo; ustedes son la levadura que puede volver a dar esperanza y justicia al mañana de la tierra, porque –suena raro– ustedes son los adultos del mañana, las madres y los padres de los hijos que vendrán y está en ustedes, en vuestra capacidad de crecer sanos y puros de corazón, la responsabilidad de mantener viva la llama de la verdadera libertad que se alimenta con el aceite de la Verdad. Y la «verdad está en el Amor».
En nombre de todos los adultos: ¡gracias por lo que harán...!

Pedro Lombardo

 

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