Esforcémonos por hacer de tal modo que no solamente no haya sinsabores, sino tampoco aversiones. El amor mutuo consiste en servir a los demás y en soportar las contrariedades que nos vienen de ellos; pero todo pagado personalmente» (Conferencia 25-3-1937).
En este pagar personalmente, el Padre Kolbe aconsejaba sobre todo la voluntad de perdonar y la capacidad de reconocerse causa de divisiones. De hecho, el tema de la unidad está íntimamente unido al de la reconciliación. No puede haber unidad donde falta la capacidad de pedir perdón y de volver a coser las rupturas. Es de sabios saber reconocer los propios límites y errores, reconciliarnos con los hermanos y recomenzar un camino juntos.
«La esencia del amor recíproco no consiste en que nadie nos dé disgustos, porque esto es imposible entre los hombres, sino en que nosotros aprendamos siempre más perfectamente, inmediatamente y completamente, a perdonarnos recíprocamente. Entonces, con gran confianza diremos en el Padre nuestro: “Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Sería algo preocupante si nosotros no tuviéramos nada o poco para perdonar a los demás» (EK 935).
Las enseñanzas y los ejemplos del Padre Kolbe nos dicen cuán importante es vivir la unidad en el Movimiento: es la condición de vida o muerte del mismo Movimiento.
Un signo de los tiempos
El deseo de unidad constituye hoy uno de los signos de los tiempos. Indudablemente es el Espíritu Santo quien pone en el corazón del hombre el anhelo de la unidad.
De hecho, la unidad tiene su fuente en la obra creadora de Dios que, del caos inicial, sacó un cosmos ordenado, armonioso y hermoso. Luego, cuando el hombre rechazó su don, no se resignó al desorden, sino que decidió inmediatamente restaurar su obra, para restituirle el orden, la armonía y la unidad inicial. Cristo, enviado por Dios para realizar esta obra de restauración, antes de volver al Padre, deja sobre la tierra la Iglesia con la misión específica de llegar a todos los hombres y hacerlos hijos de Dios, miembros, por lo tanto, de su familia.
Dios ha confiado a María la misión materna de engendrar, alimentar, confortar y sostener a sus hijos: en una palabra, María, como la Iglesia, es la Madre de la unidad de la familia de Dios.
Porción privilegiada de la Iglesia, la vida consagrada tiene el deber de ser signo y fuente de unidad, tomándola de la misma vida trinitaria. En particular, quienes, llamados por Dios a consagrarse a El, han recibido el don de un carisma mariano, deben sentirse comprometidos en primera persona, no sólo a vivir la unidad, sino también a favorecerla en la Iglesia.
También los consagrados a la Inmaculada, miembros de la Iglesia y de un Movimiento cuyo carisma, preciosa herencia del Mártir del Amor, es esencialmente mariano, deben comprometerse en vivir profundamente la unidad y ser gozosa y eficazmente sus apóstoles.
Que la Inmaculada, por intercesión de su gran enamorado y apóstol, San Maximiliano Kolbe, obtenga a todos nosotros ser una sola cosa como Cristo lo ha pedido al Padre para sus discípulos.
Concédenos, Virgen Inmaculada,
que todo el Movimiento sea verdaderamente
un cuerpo solo, un solo río, una sola caravana.
Que cada uno de los consagrados a tu Corazón
sea fiel al propio carisma para santificarse
junto a todos; para formar una fila compacta
que sube sin que nadie se detenga al costado
de la roca; para ser caravana que avanza en el desierto,
gozando juntos de la presencia del oasis y del agua.
Haz que cada uno sea como una nave que forma una flota
que domina las olas y las tempestades;
y ame el propio carisma, acogiéndolo como la tierra árida
recibe un torrente que da vida,
riega los campos y permite la formación de otros ríos
que harán fecundos otros campos. Amén.
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