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100 años de la MI - Nuestro ADN

   En el ejercicio cotidiano de vivir la entrega a María vamos aprendiendo qué quiere decir donarse totalmente al servicio de la Iglesia. Vamos aprendiendo que nuestra tarea fundamental y decisiva para el futuro de la humanidad es santificar la cultura, el trabajo, el arte, la política, la economía, o sea, “todo el ser humano”. Es, como repetía el Santo Padre Juan Pablo II, trabajar para construir “la civilización del amor”.            
  En efecto, si hubiera muchos educadores atentos y responsables como fue María para con Jesús, no tendríamos a tantos jóvenes perdidos, confundidos e incapaces de dar un sentido a su vida. Si en los lugares de sufrimiento hubiese la misma solicitud y espíritu de servicio de María hacia su prima Isabel, sería más fácil descubrir el sentido del dolor y no se presentaría en la eutanasia o en el enseñamiento terapéutico. Si en los lugares de trabajo, en vez de competir para subir más alto que los demás, cada uno buscara el sentido del deber, de la justicia y de la solidaridad, se resolverían todos los desequilibrios sociales.            
  El consagrado a la Inmaculada es aquel que escucha el llamado de Jesús a ocuparse de la pobreza moral y material de su hermano. Fue en modo especial en el campo de concentración de Auschwitz, donde san Maximiliano desarrolló su mayor acción pastoral, conjugando en la escuela maternal de María los principales verbos: acoger, escuchar, alentar, consolar, abrazar, privarse del pan para alimentar al otro y darle vida. Podríamos decir que esto es nuestro ADN. Nuestro pertenecer a la Inmaculada es la toma de conciencia de la vocación cristiana a la santidad, testimonio humilde y heroico de la fe, compromiso apostólico en todos los lugares donde se encuentra el ser humano, realidad siempre actual y en movimiento con los tiempos, sin ruidos, al estilo de María.            
  Hoy como ayer, los que vivimos este ideal no podemos pretender “salvar el mundo”, sino que podemos y debemos trabajar en el mundo con seriedad, con el corazón abierto a la colaboración con todos, reconociendo y dando respuesta a “los signos de los tiempos”. Y esta respuesta es María. María es la persona “justa” para enseñar a todos a acercarse a los hermanos y no dejarlo solo en el camino, para volver a dar un alma al mundo.            
  Somos cristianos que recibimos el don de la Madre como sostén de nuestro camino y modelo de nuestra fe, y mantenemos viva la gracia del Bautismo a través de nuestro ofrecimiento a Ella. Estamos llamados a tener en el mundo, el mismo rol de María en el Cenáculo: ser presencia orante, silenciosa y operante. Es descubrir nuestro llamado a la misión. Una misión que no consiste en estrategias especiales, sino en los pequeños gestos cotidianos que también María realizó: desde el levantarse a la mañana hasta acostarse a la noche después de una jornada de trabajo, cansados pero con el corazón todo dirigido a Dios.
  Estar convencidos que el encuentro más hermoso con Jesús se da en el encuentro con el pobre y, por eso, se hace voluntario del Amor, mártir de la caridad, porque desde la entrega a María, recibió la vocación de ser madre, junto a las cruces en las que el sufrimiento tiene clavados a muchos hermanos. Que podamos realmente recibir esta consigna y herencia que hoy nos pone en camino como bautizado, para ser misioneros en el mundo, como María.

 

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