

A través de toda mi vida, Dios ha querido que distintos signos la marquen, empezando por el día de mi Bautismo: 15 de agosto, fiesta de la Asunción de la Virgen. Pienso que María me ha protegido desde el primer momento y ha caminado al lado de nuestra familia. Como cristianos y creyentes, siempre hemos reconocido a Dios como nuestro Padre primero y a María como nuestra mamá. Pero ¿por qué digo esto? Quizás necesitamos más tiempo para darnos cuenta que Ella es la que nos guía en nuestro reconocimiento del Padre. Ella es la intercesora, la compañera, la que siempre está a nuestro lado, que nos toma de su mano y nos envuelve con su manto. Y aquí está el punto. La vida, que no es fácil para nosotros los seres humanos, lo es si tomamos con fuerza la mano tendida de nuestra mamá María.
Hubo momentos de caídas en mi vida, de tentaciones, de inseguridades. La constancia de mi mamá en hacernos rezar antes de dormir, mi papá llevándonos a mi hermana y a mí todos los domingos a Misa y, ya siendo grande, una experiencia de Cursillo de Cristiandad, me hicieron dar cuenta que tenía el deseo de servir al Señor, de la manera que El quisiera.
Un momento de gran felicidad fue mi casamiento: el haber encontrado a Juan Carlos, el compañero de casi ya 20 años de matrimonio, que me acompaña en este andar. Formar una familia. Nuestras hijas: María Lucía, nacida el 8 de diciembre, bajo la protección de la Inmaculada, y Sofía Carla, con la cual atravesamos el momento más difícil de nuestras vidas. Allí aferramos con más fuerza la cruz de Cristo, pero también la Resurrección y la aceptación de las cosas que no se pueden cambiar. En las dificultades de salud de mi esposo, vi cuán importante para mí era mi compañero e hice la experiencia de la misericordia de Dios y María en mi casa, ayudándonos, protegiéndonos, sosteniéndonos y dándonos el regalo de que Juan Carlos abrazara la cruz con fuerza y se pusiera al servicio de Dios.
María también ha recorrido otro camino conmigo, el de mi trabajo como docente, junto a mis compañeras y junto a los niños y sus familias, que fueron otra parte de mi vida, y por cierto muy importante. El haber compartido sus risas, sus llantos, sus alegrías y dificultades y dando una mano cuando era necesario; enseñando con amor cada día; el sentirme acompañada y querida en una ciudad que me ha recibido y ha recibido a mi familia con los brazos abiertos: en todo esto he visto la mano de Dios y de María amparándonos.
La vida terrena es muy difícil si no reconocemos que hay un Ser superior, un Dios que nos ama hasta el extremo de encarnarse y dar la vida por nosotros, para salvarnos. Por eso me pregunto: ¿Y nosotros? ¿Por qué no tendríamos que sufrir nada? A través de las pruebas de la vida, nos poda y fortalece. Pero El y nuestra Madre del Cielo saben qué podemos soportar. Y nada será más pesado de nuestras fuerzas.
Gracias, Madre, porque con tu sí nos demostraste tu amor a Dios y a tu Hijo. Nos mostraste tu entrega total, tu fortaleza y valentía. Que podamos seguir tu ejemplo y, como siempre, ¡gracias por tanta Gracia!
Sonia y familia Pereyra