

Llegamos a la consagración a María en un momento muy especial de nuestra vida, donde Ruben, después de 35 años, volvía a encontrarse con Jesús y de ahí retomaba su camino de fe. Conocimos a las Misioneras de la Inmaculada y, con una de ellas, comenzamos un tiempo de discernimiento y reflexión sobre María y de conocimiento de la vida, la espiritualidad y el apostolado de San Maximiliano Kolbe. De a poco nos dimos cuenta de que María nos podía realmente acompañar y fortalecer en nuestro camino diario de cristianos, de esposos y de padres. Nos consagramos como matrimonio y como familia el 14 de agosto, día de la fiesta de San Maximiliano, entregando a María todo nuestro ser, para que Ella viva y actúe en nosotros.
Nuestra vida tuvo un gran cambio. Gracias a ese vínculo más íntimo con María, nos fuimos acercando más profundamente entre nosotros dos, creciendo en el diálogo y en el entendimiento recíproco. Empezamos a rezar juntos más seguido, aunque cada uno lo hace también personalmente, según su propia sensibilidad. Y tuvimos la gracia de poder, como María, ser misioneros. Nos preparamos como familia y fuimos a misionar con el grupo organizado por las Misioneras. Fue una experiencia muy gratificante. Nos alegró y enriqueció mucho llevar a conocer a Jesús y María a tantos hermanos y recibir también su testimonio de fe. En esa ocasión tuvimos también la alegría de ver a nuestro hijo consagrarse personalmente a la Inmaculada, junto a otros jóvenes.
En el transcurso de estos años, hemos tenido muchas dificultades, tropiezos, problemas de salud, pero Ella estuvo siempre a nuestro lado, en especial, durante mi enfermedad. Muy de repente, el año pasado, me encontraron un cáncer de mama. Fue un sacudón muy grande para nuestra familia. Pero, reconozco que yo tenía una fuerza que no imaginaba. Tuve la gracia de no renegar, de no desesperarme, al contrario, abandonarme con confianza en las manos de María, aceptar lo que el Señor quería para mí. No niego que le tenía miedo a la muerte... pero era más doloroso el pensamiento de que mis seres queridos podían quedarse «solos». Me operaron, estuve todo el año haciendo quimio y radioterapia... En todo esto experimenté la presencia de María. El entregarme cada día a Ella me dio fortaleza, me mantuvo serena, activa y con ganas de vivir... El apoyo y el sostén de Ruben y de mis hijos fue maravilloso. Me di cuenta de la importancia de aceptar con serenidad lo que nos pasa cada día en la vida, pequeño o grande que sea. No podemos vivir «renegando».
A final del año pasado tuvimos la alegría de que también nuestra hija se consagrara a la Virgen, con el grupo de los niños que pertenecen a la Milicia de la Inmaculada.
Damos gracias, porque María nos guía, nos abre el camino para nuestro encuentro con el Padre. Consagrarnos a Ella nos permitió aceptar y decir «sí» en los momentos de mayor sufrimiento, en donde uno llega a pensar que Dios se ha olvidado de nosotros. El acto de consagración cada mañana es una renovación de la presencia de María en nuestra vida de familia.
Ana y Ruben Riposo