

Hoy le escribo a María, Madre Inmaculada, para agradecerle todo lo que me dio en este tiempo y a lo largo de mi vida. Décimo hijo, resistido por mis hermanos porque éramos muchos, mamá llevó adelante con fe su embarazo. Ella misma me dijo que, dos años antes, cuando falleció a los pocos días de nacer mi hermanito Jorge, le había hecho una promesa a la Virgen de Luján: si tenía otro hijo o hija le iba a poner su nombre, «para que Nuestra Señora de Luján lo tuviera siempre bajo su cuidado». Y fue así que pude ver la luz, y desde entonces sellamos una fuerte amistad con María y con Jesús.
Reconozco que en el camino fui una oveja descarriada, desviada del rebaño por el pecado, pero hoy, por la gracia de Dios, reinsertada. Por eso quiero testimoniar su misericordia.
A los veinticinco años conocí a mi ángel guardián, María del Carmen, mi esposa, con la que llevamos ya 35 años de casados. Tenemos cinco hijas y cinco nietos. Estamos agradecidos que una nieta, de apellido Dos Santos, lleve el nombre de Lucía, en honor de Lucía, la pastorcita de Fátima que tenía el mismo apellido. Mi relación con María y Jesús está hecha también de estos pequeños detalles y de muchas muestras de su presencia a lo largo de mi vida, aunque no siempre me daba cuenta.
Transcurren los años. En octubre del 2006, después del desconcierto de mi médico de cabecera, voy al gastroenterólogo y hallan en mi intestino delgado un tumor. Me operan y el diagnóstico es claro: ¡cáncer! Es un momento muy difícil, en el que pasan por mi mente muchos sentimientos y muchos pensamientos, incluso los peores. No estaba seguro de empezar el tratamiento para intentar una posible salida. Pero, esa tarde, me regalan una estampita del Santo Padre Pío de Pietrelcina y eso me da el impulso para visitar a mi párroco, quien me da el sacramento de la reconciliación y de la unción de los enfermos. Salgo y voy al Centro Mariano Padre Kolbe, donde me recibe una Misionera quien me transmite mucha paz. Dándose cuenta de mi estado de aflicción, me habla y me entrega la Medalla milagrosa, invitándome a llevarla siempre conmigo y a pedir la gracia a la Inmaculada. Entonces, reflexiono sobre lo que la Virgen de Fátima dijo a los pastorcitos: «Algunos se sanarán y otros no», enseñándome que la enfermedad es un don precioso de Dios y un medio de salvación: éste es mi caso. Acepté hacer la quimio. Mi relación con Jesús y María se fue fortaleciendo día a día, a través de la oración, en la confianza y gratitud por todo lo que me iba dando esperanza y ánimo: un encuentro, un llamado, una palabra...
Hoy me dieron de alta y tenía mucho deseo de compartir mi gratitud por los caminos tan misteriosos de Dios. Cuando me pidieron este testimonio, sentí que El me había escuchado una vez más. A El, a través de nuestra Madre, entrego mi cuerpo y mi alma, para ser instrumento de su misericordia para otros hermanos. Agradezco de corazón a todos los que me acompañaron y ayudaron con su oración.
Héctor Luján Herrero