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Oraciones

Oraciones

  1. A María de Nazaret
  2. A la Madre del amor
  3. A María, en el Templo con Jesús
  4. A la Virgen de la Pascua
  5. A la Virgen de la acogida
  6. A nuestra Señora de la fidelidad
  7. A la Virgen de la contemplación
  8. A María, esperanza de cada corazón
  9. A María, salud de los enfermos
  10. A la Virgen del Sí
  11. A san Maximiliano Kolbe
 

A María de Nazaret

María de Nazaret, cuántas veces he pensado,
estremeciéndome de temor:
si tú no hubieras creído oportuno decir ese misterioso
«sí» al ángel que te dirigía su saludo,
y que te proponía algo tan nuevo, tan grande, y tan absurdo,
 ¿dónde me encontraría yo ahora? ¿Cuál sería mi suerte?
¿Cuál, la suerte de toda la humanidad que ha vivido
durante estos veinte siglos, y que vivirá en los siglos futuros?
Pero tú olvidaste lo que habías programado para tu vida. 
Tuviste compasión del hombre que sufría, esclavo del pecado,
enemigo de su Padre, errante en el desierto del dolor y del error.  
Mientras la creación se estremecía en la espera
 y el mismo cielo callaba para oír tu respuesta,
tu «sí» disponible, consciente, generoso,
 resonó como un grito de victoria, subió hasta el vértice de la Trinidad.
Y tú te unías a la voluntad salvífica del Padre;
 mientras el Espíritu de amor te poseía, haciéndote su Esposa,
colmándote de dones, de gracia y de maternidad.
Mientras tu seno acogía al Verbo que luego alimentaste,
protegiste, cobijaste, acompañaste al Calvario,
a la muerte, al sepulcro y a la resurrección.
Gracias, Madre, porque en el plan salvífico del Padre,
 tú continuabas tejiendo la trama de todos los generosos que,
ocupando el lugar asignado por Dios, serían, siguiendo tu ejemplo,
 instrumentos de salvación para la humanidad. Amén.

 
.
 

A la Madre del amor

Madre del amor,
 consciente de tu pequeñez de hija y de servidora del Señor,
dime, ¿qué probaste en el momento en que recibiste la invitación
para ser la Madre del mismo Altísimo Señor, y colaborar con El
en la redención de la humanidad?
Dime, ¿cuáles fueron los sentimientos de tu corazón?
Y la fe me responde: ¡amor! A todos nos abrazaste,
a todos nos engendraste, quisiste que todos tuviésemos la vida.
Pero ¡qué temor! ¡Qué momentos de ansia y de dolor!
 ¡Cuántas inseguridades en lo íntimo del corazón!
No te asombres, entonces, si yo también tengo momentos de temor.
La carne es muy frágil, precaria,
 y el porvenir se presenta con males y dolores.
Por eso, quédate en mi corazón.
 Dame tú la fuerza y la perseverancia
para que pueda realizar mi misión de amor
 en la Iglesia santa y universal. Amén.

 
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A María, en el Templo con Jesús

María, Madre obediente, que no vacilaste
en someterte a esa misteriosa ley de la Alianza,
de presentarte en el Templo para rescatar a tu Hijo divino,
después de haberlo ofrecido y consagrado
a la voluntad del Eterno Padre,
impetra para cada cristiano la fidelidad a la Iglesia en todo,
siempre y en todas partes.
María, que te sentiste pobre e indigente,
y no dudaste en unirte a la categoría de los pobres y desposeídos,
rescatando al Hijo de Dios hecho hombre,
el dueño del cielo y de la tierra, con un par de simples palomas,
enseña a tus hijos el verdadero sentido de la pobreza.
Haz que nunca vacilemos en elegir lo que nos humilla
y se opone a nuestra sed de saber más que los demás,
de poseer hasta lo superfluo,
de conservar para nosotros lo que debe ser compartido con el hermano.  
María, Virgen purísima, tú que te convertiste en madre
conservando tu perpetua integridad de alma y cuerpo,
haz que nosotros, tus hijos, amemos a todos los hombres sin distinción.
Arranca de nuestros corazones las raíces de la antipatía,
que nos hace rebeldes ante quien se atreve
 a indicarnos nuestras manchas y defectos;
y que nos hace pródigos de favores, de sonrisas y atenciones
 con aquellos que congenian con nosotros y nos comprenden;
dejando en la soledad y en el dolor a quien no nos resulta simpático.
María, Madre que sabes ofrecer mientras sufres,
transfórmanos a tu imagen,  porque, sin fidelidad y coherencia,
nuestra vida es mera hipocresía,
sepulcro blanqueado, una larva encerrada en un capullo de muerte. Amén.

 
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A la Virgen de la Pascua

Virgen dolorosa, Señora y Madre del amor,
escuchando la voz de los profetas,
me quedo ante ti para contemplar tu rostro sufrido,
y para reconocer que ninguna criatura
ha conocido un dolor semejante al tuyo.
Tu dolor, Madre de los dolores,
era el reflejo viviente del dolor de tu Hijo:
el dolor de los dolores, el sufrimiento de los sufrimientos,
porque era la consecuencia del pecado;
del pecado de ayer, de hoy y de mañana.
Madre, contemplando tu rostro,
puedo intuir que el pecado es el mal más grande de todos los males;
especialmente si refleja una mentalidad errada,
el no reconocer los dones de tu Hijo, la traición por el abuso de la Gracia.
Por haber resistido a la voluntad de Dios,
por haber buscado sustitutos del verdadero amor,
por el apego a cosas, lugares, bienestar y todo lo que es caduco y vanidad.
Por no haber amado a los hermanos necesitados,
por no haber abierto la mente y el corazón a las vocaciones:
por no haberlas pedido y procurado con todas mis fuerzas,
porque me dejé dominar por la indiferencia hacia las cosas del Señor,
lleno de mi propio yo y vacío de mi Dios,
vacío de mis hermanos, vacío de la Iglesia.
Estoy aquí, ante ti y no quiero irme más.
Quiero imprimirte en mi corazón, con esa huella que no se borra jamás:
el arrepentimiento sincero, profundo, leal de los pecados.
¿Qué Pascua sería mi Pascua, si no me arrepintiera realmente de mis culpas, pasadas y presentes?
¡Madre de los dolores, confío en tu auxilio y en tu misericordia!
Dame un corazón nuevo, una mente nueva,
una voluntad nueva, para que mi Pascua no sea una comedia,
sino que sea el misterio de salvación para mi vida y para la vida de aquellos
entre los cuales me pusiste como instrumento de salvación y de santidad.
Aquí, en esta vida y en la eternidad. Amén.

 
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A la Virgen de la acogida

Virgen de la Acogida,
haz que cada hombre tenga el corazón inmenso como el océano,
abierto como los cielos, disponible, sereno y verde
como los prados de la pampa,
para que nunca se cierre a las exigencias de Dios y de los hermanos.
Para que se abra a ellos cuando llaman y piden entrar,
y sepa prevenir su necesidad de ayuda, de luz,
de consejo, de fuerza, de aliento.
Haz que nadie se sienta excluido de nuestro corazón;
que nadie advierta frialdad, indiferencia, intolerancia.
Haz que nuestro corazón nunca sea árido,
 sino que conserve la frescura de la juventud,
para comunicar a todos la alegría, la confianza,
la esperanza, y seamos así un reflejo de tu maternidad. Amén.

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A nuestra Señora de la fidelidad

Madre y Señora de la fidelidad, mi corazón está oprimido por la tristeza,
al ver a mi alrededor tanta indiferencia hacia Dios. 
Por eso te pido que concedas a cada hombre el entusiasmo interior,
de modo que viva con fe, con amor y con esperanza el pacto de amor
que un día fue realizado entre él y tu Hijo, a través del Bautismo:
que es la manifiesta e indiscutible voluntad del Padre.
Te pido que sacudas las fibras más íntimas de nuestros corazones,
para que todos tus hijos, llamados por tu testimonio y por tu confianza,
no abandonen el refugio de tu Corazón,
y no desperdicien sus energías más preciosas, vagando sin meta y sin guía.
Haz de cada uno de nosotros la «María» de este milenio,
el «Kolbe» de nuestros tiempos tristes y dolorosos.
María, haz de mí lo que quieras, pero escúchame pronto,
para que el mundo vuelva a ser fiel a Dios. Amén.

 
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A la Virgen de la contemplación 

Virgen de la contemplación,
cuando medito y reflexiono sobre la oración más completa e inspirada
del Antiguo y del Nuevo Testamento: el «Magnificat»,
siento el deber de decirte «gracias», una y mil veces,
por tu actitud de escucha, de oración, de silencioso recogimiento,
de atención respetuosa a Dios, a tus hijos y a tus hermanos.
Presente pero discreta, «en puntas de pie», para no turbar a las personas,
para no interferir en la acción misteriosa del Señor.
Haz que, siguiendo tus huellas, tengamos tu misma actitud,
viviendo y aprovechando cada momento fuerte para el espíritu.
Atentos como tú a la acción de la Gracia, para que tu presencia nos ilumine,
nos guíe, y estemos siempre en la voluntad de Dios. Amén.

 
.
 

A María, esperanza de cada corazón

Yo te saludo, Virgen María, Madre de misericordia,
vida y esperanza de todo corazón.
Animado por un impulso interior de confianza,
estoy aquí, junto a ti, para escuchar tu palabra de fe,
de esperanza y de consuelo.
Mi compromiso cotidiano de recorrer un auténtico camino con Jesús,
es obstaculizado por un mundo que parece guiado por el maligno:
tentaciones interiores, luchas sociales, valores menospreciados,
el mal publicitado, las burlas por parte de amigos,
la incomprensión en el mismo ambiente familiar.
Pero yo sé que debo responder al Amor
viviendo con plenitud la vida de la Gracia,
rechazando el pecado con todas mis fuerzas;
sé que debo vivir la comunión más ardiente con los hermanos,
testimoniándoles el don de la fe,
siempre dispuesto a dar mi vida y lo mejor de mí mismo,
siguiendo el ejemplo del Maestro y de San Maximiliano Kolbe,
para la salvación de todos y de cada uno.
Consciente de mi profunda debilidad e impotencia,
me ofrezco totalmente a ti, como dócil instrumento de tu amor,
para que tu mano me guíe y me sostenga,
para que todas mis oraciones, sufrimientos y acciones den frutos,
y se cumpla el plan divino de la salvación.
Sólo así, sereno y confiado, podré sumergirme de nuevo
en la lucha cotidiana, sin el temor de abatirme.
Sólo así viviré con la esperanza de que la paz
y la justicia volverán a reinar en este mundo.
Sólo así no temeré a la muerte, porque sé que después de este exilio
tú me conducirás al gozo eterno del Señor. Amén.

 
 

A María, salud de los enfermos

Virgen Inmaculada, salud de los enfermos,
consuelo de los afligidos, refugio de los pecadores,
recurro con confianza a tu Corazón materno y doloroso,
porque tengo gran necesidad de ayuda y de consuelo.
El dolor que lacera mi cuerpo,
la angustia que vuelve difícil el camino,
la precariedad en que se encuentra todo mi ser,
me hacen sentir el peso de esta enfermedad.
También el espíritu sufre por las incomprensiones,
en el ambiente familiar, en el trabajo, entre los amigos y conocidos.
Cuántas veces me desespero y me desaliento;
cuántas veces grito angustiado:
«No aguanto más, aleja de mí el cáliz de este sufrimiento;
mi alma está triste hasta la muerte». Tú, que sufriste en el corazón
y en toda tu persona la herida de la espada;
tú, que te asociaste a los dolores de tu Hijo,
que lo llevaron al Calvario, a la cruz y al sepulcro;
tú, que aceptaste el dolor querido por amor,
para que fuese instrumento de redención y de salvación,
acompáñame con tu poderosa ayuda, con tu misericordia y con tu amor.  
Te ofrezco todos mis dolores y sufrimientos como expiación
de las culpas que ofendieron la bondad del Padre;
quiero reparar los pecados con los que tantos hermanos
se atreven a despreciar el amor de tu Hijo;
quiero impetrar el perdón por las culpas con las que se niega
y se combate la luz de la verdad.
Te ofrezco toda mi vida, con mis dolores y mis penas.
Te ofrezco también los sufrimientos de tantos hermanos para que,
enriquecidos por tu santidad, podamos ser víctimas de amor,
elevando a Dios el cántico de alabanza, de arrepentimiento y de impetración.
Así también nosotros nos convertiremos en instrumentos de salvación,
para extender sobre los hombres y las cosas ese arco iris de paz
y de esperanza eterna, que nos ha obtenido la cruz redentora de tu Hijo. Amén.

 
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A la Virgen del Sí

Virgen Madre, llena de gracia, Reina de misericordia,
vida, dulzura y esperanza nuestra.
Por la plenitud de tu amor, dirige tu mirada hacia nosotros,
que en este valle de lágrimas, de dolores y de inseguridad,
vemos con temor el mal que avanza,
cosechando a cada instante víctimas y más víctimas,
de toda edad, ambiente y continente.
Por eso, te dirijo mi oración: haz que aprenda de ti
a ser un instrumento apto para ir al encuentro de cada hombre,
para ayudarlo a que comprenda el verdadero fin de la vida,
y encuentre su lugar en el plan universal de la salvación.  
Por eso, te dirijo mi oración: haz que cada cristiano se sumerja
tan intensamente en los intereses de Dios y de los hermanos,
que no pierda su tiempo en mil pensamientos y cosas sin importancia.
Haz que sepa desarrollar un apostolado fecundo,
y pueda ser un fiel testigo tuyo: rezando, actuando,
trabajando con sabiduría, y tendiendo la mano a los jóvenes
llamados por Cristo a vivir los místicos esponsales.
Haz que muchos jóvenes digan un «sí» sincero y coherente,
y donen su corazón a Dios, poniendo su mano en la tuya,
y tendiendo la otra mano a todos los hombres del mundo,
para formar una cadena sin fin de amor profundo y universal.
Por eso, te pido: confirma en su vocación a quienes Dios ha elegido,
consagrado, destinado a su culto y a su servicio.
Entra con la ternura de tu Corazón y la fuerza de tu luz
en tantos jóvenes, chicos y chicas, y grita como gritaste al Padre Kolbe,
a Bernardita, a Lucía, Jacinta y Francisco: «¡Las almas se pierden!
¡El pecado las corrompe! ¡El mundo sufre en el alma y en el cuerpo!
Entreguen a Dios su juventud, conságrenle cada facultad,
dejen todo lo que perece, ofrezcan a El su libertad.
Siguiendo sus huellas no teman renovarse cada día,
tomar la cruz salvadora, dejar bienes, familias, seguridades;
para donar, rezar, trabajar, predicar en el amor,
para que resplandezca nuevamente la fe.
Para que vuelva a reinar la esperanza.
Para que la caridad obtenga la paz en los pueblos y en las naciones.
Para que desaparezca toda división.
Para que, respetando al hombre, el hombre respete al sumo Creador,
descubra su verdadero Salvador y sea guiado por el Espíritu de Amor».
Así formaremos una sola familia,
la familia de los bienaventurados para la eternidad. Amén.

 
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A san Maximiliano Kolbe

San Maximiliano Kolbe, mira con bondad a las Misioneras,
los Misioneros y los Voluntarios de la Inmaculada que,
inspirándose en tu vida, en tu doctrina y en tu fecundo apostolado,
quieren ser fieles apóstoles de María,
para que su amor y su misericordia triunfen en esta tierra de llanto y de dolor.
Pide a la Santísima Trinidad que les done valor
y perseverancia mientras combaten contra las fuerzas del maligno,
y done la felicidad eterna a los que el Padre ya ha llamado a su Casa.
Concédenos jóvenes fuertes, sabios y generosos;
danos Voluntarios disponibles y entusiastas,
para que el Instituto sea siempre más digno
del carisma mariano y misionero que el Espíritu Santo le ha confiado,
y de la misión que la Iglesia le ha confirmado.
Así formaremos un único coro que cantará a Dios
las alabanzas por toda la eternidad. Amén.

 
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