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Místico y mártir

El 1 de septiembre de 1939, Alemania declara la guerra a Polonia y comienza el avance de sus tropas hacia la capital de Varsovia.
Las tropas alemanas llegaron a Niepokalanów, cerraron la tipográfica y llevaron prisionero al Padre Kolbe, al vicario del convento, el P. Pío Bartosik, a un clérigo japonés y a 35 hermanos.  Fray Juvenyn recuerda:
El Padre Kolbe, como un padre afectuoso, hacía mucho tiempo que nos estaba preparando a aceptar estos tiempos difíciles.  El 28 de agosto nos habló de las 3 etapas de la vida: la primer etapa es la preparación al trabajo; la segunda es el trabajo mismo; la tercera es el sufrimiento.  
Decía:
«La tercer etapa de la vida, etapa del sufrimiento, pienso que será la más breve que deberé vivir.  Pero de quien, dónde, cómo y bajo qué circunstancias llegará este sufrimiento, eso todavía no lo sé. Sin embargo, quisiera sufrir y morir como un caballero, hasta derramar la última gota de sangre, para adelantar el día de la conquista del mundo en nombre de Dios, a través de la Inmaculada.  Deseo esto para mí, como lo deseo para ustedes...  ¿Qué cosa más noble podría desear para ustedes, mis queridos hijos? Si conociera algo mejor, lo desearía para ustedes, pero no lo conozco.  Como escribe San Juan, Cristo mismo ha dicho: No hay amor más grande que este: dar la vida por los amigos»”.

A los hermanos que se encontraban fuera de Niepokalanów les escribe:
“Mis queridos hijos, esta vez les ofrezco los párrafos de algunas cartas que he recibido de los hermanos: «Aunque nos separaran países, océanos, mares, sin embargo, nuestros corazones y nuestras almas estarían igualmente unidas por el fin común de cada hombre, del ideal y de los objetivos de la Milicia de la Inmaculada...  Solo ahora veo y siento de corazón que éste es el reino de la Inmaculada.  Y desde allí su amable protección me llena el alma de paz (...) 
 ¿Quién, pues, preguntarán ustedes, puede regresar? Aquel que esté dispuesto a todo por la Inmaculada, incluso para ofrecerle a Ella su propia vida en sacrificio, porque en Europa aún corre la sangre y es difícil saber lo que podrá ocurrir”
(EK 895).

Así exhorta a los hermanos:
“Oremos, pues, soportemos las pequeñas cruces, amemos mucho a las almas de todos los que nos rodean, sin ninguna excepción, tanto amigos como enemigos, y tengamos confianza; hagamos todo esto con el único fin de que Ella llegue a ser cuanto antes y sobre toda la tierra la Reina de todos y de cada uno en particular”.(EK 892).

El deseo de dar la propia vida por la causa de la Inmaculada y por los principios de la caridad evangélica estaba presente en su ánimo desde siempre y fue renovada, en términos claros, el 16 de marzo de 1940 en una carta a un Oficial del distrito alemán:
“En fin, quisiera subrayar que no tengo odio a nadie en esta tierra.  La sustancia de mi ideal se encuentra en las publicaciones.  Lo que se desprende de ellas es mío: por este ideal deseo trabajar siempre, sufrir y hasta ofrecer en sacrificio la vida; mientras que lo que es contrario a este ideal no es mío, sino que procede de afuera y por eso, según mis posibilidades, lo he combatido, lo combato y lo combatiré siempre”. (EK 884). 

Desde la cárcel del Pawiak escribe así:
“Dejémonos conducir cada vez más perfectamente por la Inmaculada, donde Ella quiera llevarnos y como Ella quiera, para que, cumpliendo bien nuestros deberes, contribuyamos a que todas las almas sean conquistadas por su amor” (EK960).

El 28 de Mayo de 1941 llega a Auschwitz y desde allí escribe una sola carta a su madre, también está impregnada de paz y serenidad:
“Mi amada mamá: a fines de mayo llegué en un convoy ferroviario al campo de concentración de Awschwitz.  Aquí todo bien.  Amada mamá, estate tranquila por mi y por mi salud, porque el buen Dios está en todas partes y con gran amor piensa en todos y en todo” (EK 961).
Repetía a los compañeros de prisión:
“El odio no es una fuerza creativa; sólo el amor crea...  Estos sufrimientos no nos aplastarán, sino que nos ayudarán a ser siempre más fuertes.  Son necesarios, junto con el sacrificio de los demás, para que quienes vengan después de nosotros puedan ser felices”.
 
Dadas estas premisas, para él fue espontáneo y natural pedir ocupar el lugar de aquel desconocido padre de familia en el búnker de la muerte.
 
La caridad cristiana le pedía que devolviera al afecto de la esposa y de los hijos a un pobre padre y que acompañara con su acción sacerdotal a los nueve compañeros desafortunados al abrazo con el Padre Celeste.  Su gesto sorprende también a los guardias:
“Este sacerdote es un buen hombre.  Hasta ahora no se ha visto aquí nada parecido”.
 
Jorge Bielecki habla en nombre de todos:
“El hecho tuvo un enorme impacto en todo el campo.  De pronto, tomamos conciencia de que alguien en medio de nosotros, en esa oscura noche espiritualdel alma, estaba levantando el estandarte del amor hacia el cielo.  Decir que el Padre Kolbe murió por uno de nosotros o por la familia de esa persona, es demasiada simplificación.  Su muerte significó la salvación de miles. Y en eso, yo diría, reside la grandeza de esa muerte.  Este es el modo como la sentimos.  Y mientras vivamos, nosotros, los que estuvimos en Auschwitz, inclinaremos nuestras cabezas en memoria de ella”.
Nos parece importante recalcar que en Auschwitz el Padre Maximiliano no ha defendido solo la fe, sino también al hombre.  Esta donación no ha sido otra cosa que el cumplimiento de toda su existencia. En la Iglesia y en el mundo este gesto del Padre Kolbe y, gracias a eso, también todo el resto de su obra, serán recordados para siempre.