Un sábado a la tarde, con el grupo de jóvenes fui a un geriátrico.
Las señoras detrás de los vidrios nos veían llegar, con una sonrisa en su rostro triste nos saludaban con mucho afecto, mientras algunas venían a nuestro encuentro.
Lo primero que hicimos con los jóvenes fue ir a la capilla para preparar el mensaje que queríamos comunicar a estos hermanos que se sienten solos y sin esperanza.
Después nos dividimos en dos grupos y con algunos de ellos nos dirigimos hacia el reparto de los hombres.
Aquí advertimos un clima tenso y tétrico. Dos viejitos, en particular, que me miraban de reojo con aparente indiferencia, mientras continuaban jugando a las cartas. Nosotros nos acercamos, los saludamos cordialmente, tratamos de entablar un diálogo. Al momento, uno de ellos se puso de pie y muy enojado, blasfemando y gritando me dijo que me vaya y que no deje más esas medallitas "que no significan nada".
Los jóvenes del grupo quedaron sorprendidísimos y me aconsejaban de alejarme de allí porque llegado a este punto me podían pegar.
Yo, en cambio, sentí una gran calma y una gran fuerza.
Me acerqué un poco más y le ofrecí la Medalla diciéndole que no tenía miedo.
Me trato muy mal, tomó la Medalla y la tiró en el piso. La levanté con calma y me senté cerca de ellos, el viejito siguió enojado aun un poco más y después al final me dijo: "Esta bien, esa cosita ha ganado, déjemela pero sólo por amistad".
Al día siguiente me llamaron por teléfono y me dijeron que el señor X había fallecido con la Medalla en la mano, pero había pedido el favor de avisarnos y de agradecernos.
María,¡gracias! ¡sos siempre fabulosa e imprevisible!.