La misión estaba terminando. Quedaba por visitar una zona de la otra parte de la montaña, pero llovía, no podíamos visitar más familias, por lo tanto con Silvana, una joven, nos aventuramos a ir bajo la lluvia. Hacía mucho frío mientras bajamos de la montaña para dirigirnos hacia el otro lado, estábamos a 3500 metros de altura, la lluvia y el viento golpeaban nuestros rostros. Finalmente con el corazón en la garganta, logramos llegar allí donde nos esperaban aproximadamente quince familias. Para hacer más rápido nos separamos.
Mi intención era llegar hasta la última casa, de improviso me sentí atacada por dos perros negros que salieron del patio de una casa. No pudiendo avanzar llamé al propietario gritando "Hay alguien aquí?". Salió un hombre de unos 40 años, le expliqué el motivo de la visita, él me dijo que su esposa no podía caminar desde hacía más de dos meses, le pedí permiso para verla. Era una casita humilde hecha de ladrillo y de barro
Encontré en la cama a una señora joven de 37 años, que hablaba únicamente el quechua y yo sólo el castellano, por suerte el marido pudo traducir.
La señora estaba embarazada de varios meses en la espera de su quinto hijo. Le pregunté si había ido al médico, me contestó que sólo se había acercado al centro médico del paraje, le habían aconsejado ir a la ciudad pero ella no había ido por lo cual no sabía qué tenía. Me hice prometer que lo antes posible iría al médico, después le expliqué que estábamos misionando y que el Señor quería concederle muchas Gracias, la más importante era de encontrarse con Jesús confesándose y recibiendo la Comunión, pero como no podía moverse de su casa era necesario llamar a Monseñor Revollo, Obispo emérito con el cual estábamos haciendo la misión. La señora se opuso con todas sus fuerzas, iría ella, yo insistí que no podía ir con el frío que hacía, era mejor que fuera el Obispo, pero no había modo de convencerla.
Casi resignada mientras estaba por irme le dejé la Medalla Milagrosa pidiendo al esposo que le tradujera lo que le estaba explicando. Fue entonces que me vino la inspiración de pedirle a la señora si quería confesarse y la señora me respondió: sí.
Le pedí al marido que fuese a llamar al Obispo. En el camino encontré al Obispo y regresé con él a la villa. Me contó que había ido a confesar a la señora, él hablaba quechua, por lo tanto, ella con confianza y libertad había podido abrirle el corazón.
El Obispo la confesó y le dio la Comunión. Gracias a la Medalla Milagrosa que acogió con confianza, no está más sola, tiene la fuerza que el Señor da a quien le abre el corazón y lo recibe en la Eucaristía.