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Unidad

 

Los fundamentos de la unidad

El universo, en su increíble variedad y en su armoniosa hermosura, es don del amor de Dios creador. Dios, después de haber hecho el universo de la nada, lo ha organizado y, del caos inicial, ha realizado un cosmos maravilloso y perfecto, y luego lo ha confiado al hombre.
Para realizar el proyecto divino, el hombre tenía que permanecer unido a Dios, reconociendo su dependencia a través de una confiada fidelidad. El rechazo de esta fidelidad es el pecado fundamental: el hombre lo comete para hacerse igual a Dios, lo cual equivale a negar al único Dios. De este modo, el hombre se separa de Aquel que, siendo todo Amor (cfr.1Jn 4,16), es la fuente de la unidad.
De esta ruptura derivan las divisiones que quiebran la unidad de los hermanos y de la sociedad, con una discordia cuyo símbolo expresivo es la diversidad de las lenguas (cfr. Gen 11,5). 
Para remediar esta ruptura, Dios elige a hombres a los cuales propone su alianza sellada en la fe (cfr. Os 2,22); de hecho, la fe es la condición de la unión con El y de la colaboración con su obra, esa obra de unidad que El no deja de retomar, llamando a nuevos elegidos: Noé, Abraham, Moisés, David...
Después de haber elegido y enviado a éstos, sus elegidos, para reunir todas las naciones, Dios envía a su Hijo Unigénito: Jesucristo, el siervo encargado de unificar a Israel y de salvar con su muerte a la multitud de los pecadores (cfr. Is 42,1; 49,6; 53,10 ss.).
Jesucristo une a quienes lo aman y creen en El, dándoles su Espíritu y su Madre (cfr. Rom 5,5; Jn 19,27) y, aún más, dándoles a sí mismo («El pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo?… », 1Cor 10,16 ss.). De este modo, El hace de todos los pueblos un solo cuerpo (cfr. Ef 2,14-18), hace de los creyentes sus propios miembros, dotando a cada uno con distintos carismas en vistas del bien común de su Cuerpo que es la Iglesia (cfr.1Cor 12,4-27; Ef 1,22 ss.), injertándolos, como piedras vivas, en el único templo de Dios (cfr. Ef 2,19-22; 1Pe 2,4 ss.). El es el único pastor que conoce sus ovejas en su diversidad (cfr. Jn 10,3) y, dando su propia vida, quiere reunir en su rebaño a los hijos de Dios dispersos (cfr. Jn 10,14 ss.; 11,52).
Por medio de El, la unidad es restaurada en todos los ámbitos: unidad interior del hombre desgarrado por las pasiones (cfr. Rom 7,14 ss.; 8,2-9); unidad del matrimonio conyugal, del cual la unión de Cristo y de la Iglesia es el modelo (cfr. Ef 5,25-32); unidad de todos los hombres que el Espíritu hace hijos del mismo Padre (cfr. Rom 8,14 ss.; Ef 4,4 ss.) y que teniendo un solo corazón y una sola alma (cfr. Hech 4,32), alaban a una sola voz a su Padre (cfr. Rom 15,5 ss.; Hech 2,4-11).
Después de haber restaurado la unidad, ofreciéndose al Padre como víctima de expiación, Cristo deja sobre la tierra a su Iglesia, signo, modelo y fuente de unidad. En efecto, la historia de los orígenes de la Iglesia muestra que la humanidad, renacida de Cristo, es una humanidad reconciliada. Lucas nos ha presentado la comunidad de Jerusalén como la primera realización de la vida trinitaria en la tierra. Todo el libro de los Hechos, que podemos considerar el libro de la Iglesia, es la narración de la progresiva dilatación de la comunión, que es el rasgo característico de la nueva comunidad. En Jerusalén se da la nueva recomposición de la unidad entre todos en un alma y un corazón solo.
Y es significativo que María, la Madre de Jesús, se encuentre en el centro de esta comunidad, modelo y maestra de comunión. Su carisma materno, de hecho, alimenta y hace crecer la comunión entre todos los hijos de Dios.
Es importante saber que no estamos llamados a «hacernos» los cristianos, sino a ser otros Cristos. El es nuestra identidad. Llamados por Dios a la vida física, recibimos en el Bautismo el don maravilloso de insertarnos en El y ser una sola cosa con El: «Yo soy la vid, ustedes los sarmientos» (Jn 15,5). Ser cristianos involucra toda nuestra persona, alma y cuerpo, sentimientos, pensamientos y acciones, al punto de poder llegar a decir con San Pablo: «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,20).
¡Ser Cristo! Cuidando la gracia, la vida de Dios en nosotros. Buscando el amor día a día. Entonces, la consecuencia es la coherencia de vida.
Una vez encontrada nuestra identidad, es necesario que haya coherencia, es necesario vivir según lo que creemos. Y entonces toda nuestra vida, nuestras acciones tienen que ser coherentes con la vida de Dios, esa vida que Jesús expresó proclamando las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12).
«Felices los pobres». Simplemente, nos preguntamos: ¿Comparto con los demás mis bienes, mi inteligencia, mi experiencia?
«Felices los puros...». A veces condenamos a los que prostituyen su vida, pero nosotros ¿creemos y queremos una vida de pureza? Hay muchos aspectos vitales y cotidianos en esta afirmación de Jesús.  La vida cristiana es una conquista, ¡sobre todo de uno mismo! Si el cristianismo fuera fácil, no forjaría a hombres y mujeres verdaderos, sino «muñequitos». Pero los «muñequitos» no van al Paraíso. El Paraíso está hecho para los cristianos auténticos, aquellos que están dispuestos a seguir a Jesús, en su mismo camino de amor, que sabe renunciar a sí mismo y sufrir para dar vida a los hermanos.
Cada uno puede continuar preguntándose sobre las Bienaventuranzas. «Felices los que construyen la paz». ¿He sido constructor de paz?
Cuando uno es coherente y busca vivir de este modo, no hará milagros pero sus obras buenas se ven. Cuando una mujer, un hombre, están serenos, tratan de llevar la paz, no siembran el malhumor, no viven de cosas más o menos «oscuras», algo bueno se comunica a su alrededor. Parece que el mundo ridiculiza a «los buenos», pero en el fondo tiene mucha necesidad de ver esa bondad, necesita de testigos: ¡no nos cansemos de testimoniar el amor de Cristo! «A fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo» (Mt 5,16).
Y entonces, sí, nuestra vida cristiana será activa. Estará llena de obras, también escondidas, porque no importa hacer grandes cosas, organizar grandes actividades, lo importante es manifestar en las obras cotidianas ese amor de Cristo. Obrar: expresar nuestro ser cristianos, buscando que otros se animen a serlo. Pensar en una actividad, promover un apostolado para compartir lo que creemos y lo que sentimos. Y zambullirse en la sociedad sin cobardías, sin vileza, para hacer lo que la sociedad, sin saberlo, espera de nosotros; hacer lo que la familia espera de nosotros; hacer lo que Dios espera de nosotros...
En todo esto la tenemos a María como modelo y Madre. Ella, que creció en la fe y en el ejercicio de su vida junto a Cristo, camina ahora adelante como nuestra luz y nuestra esperanza. Nosotros vamos detrás de Ella, para que nuestro camino sea recto, nuestra vida sea santa y para que nazca una vida nueva para toda la humanidad.
Lo podemos hacer, lo debemos hacer. Seguramente nos costará. Pero ¿no es mejor morir al frente, que morir como cobardes? Dios ha hecho sanables a los pueblos: la historia nos lo enseña, lo he creído siempre. ¿Es posible que no haya hecho sanables a los pueblos de este siglo XXI?