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Instituto

 

Un Tren...

Se oye un sonido amigo, un silbido prolongado: el tren está por llegar. Se detendrá, recibirá nuevos pasajeros, tal vez al final se agregará otro vagón, luego, adelante... A la señal del jefe de la estación, el tren vuelve a partir, decidido, hacia su destino.
El tren: ha iniciado su marcha cuando el conductor, recibidas las indicaciones acerca del destino, el trayecto a recorrer, las estaciones donde parar y abastecerse, las instrucciones para el buen funcionamiento, y de acuerdo con los otros operadores, lo puso en movimiento, consciente de ser responsable del tren, de los vagones y de los pasajeros, presentes y futuros.
El tren: muchos vagones. Algunos más viejos, en servicio desde hace muchos años; otros más nuevos que se agregaron en las distintas estaciones. Muchos vagones y distintas funciones: unos para el transporte de los pasajeros, otros de la mercadería; el vagón postal, el vagón restaurante, el vagón dormitorio, el vagón para las herramientas necesarias al mantenimiento del tren... Muchos vagones, pero una sola locomotora que, a la cabeza, da fuerza a todos los vagones y los guía al mismo destino.
Cada vagón está bien enganchado a los otros y todos a la locomotora, de modo que ni las curvas peligrosas, ni la oscuridad puedan hacerlo descarrilar.
El conductor puede contar con la colaboración de distintos técnicos y de los encargados de cada vagón, y éstos, ocupando con amor y responsabilidad su lugar y colaborando mutuamente, procuran que quienes viajan encuentren lugar en el tren, conozcan adónde van, tengan lo necesario y puedan viajar serenamente.
En su recorrido, el tren se cruza con otros trenes y los pasajeros se saludan amistosamente, luego penetra valles y montañas, costea el mar, atraviesa  ciudades y pueblitos, deteniéndose en una y otra estación, sin diferencias. Recibe a bordo nuevos pasajeros y todos, sin distinción, son acogidos festivamente y se vuelven parte del mismo tren que emprende nuevamente su camino. 
El Instituto, el Movimiento: nuestro tren, aún más: ¡el tren de la Inmaculada!
Un tren cuyo viaje tuvo inicio por voluntad de Dios en el amor materno de la Virgen y que terminará cuando... cuando El quiera. Un tren unido, único. Muchos vagones, pero activados por la misma fuerza motriz, por la misma consagración; dirigidos a la misma meta: el Cielo; animados por la misma espiritualidad y profecía apostólica, para alcanzar la misma finalidad: ser María, vivir María, testimoniar a María y llevar a María hasta los últimos confines de la tierra. Y esto siguiendo las huellas de San Maximiliano Kolbe que, consagrado a Ella, se convirtió en imagen viva de la Santísima Trinidad, así como Ella, la Inmaculada, está en el seno de la Trinidad.
El Instituto, muchos vagones: cada Comunidad, esparcida por el mundo, compuesta por Misioneras y Voluntarios; cada una con características propias, para poder encarnar mejor el único Carisma en las distintas realidades ambientales y culturales.
Muchos vagones: cada una de las Misioneras y Voluntarios, estrechamente unidos a los demás vagones y a la locomotora del Instituto, de modo que la misma vida y el mismo espíritu circulen de un vagón a otro, de una Comunidad a la otra, de un miembro al otro, para asegurar el tren en la unidad y la comunión, la armonía y la universalidad. Para construir unidos el Reino de Dios y de María.
Los pasajeros: todas las personas que el Instituto encuentra en su camino y que está llamado a guiar a la Meta, compartiendo el don de María, de la consagración a Ella, a través de su misión de testimonio, de evangelización, de promoción humana. De la fidelidad al carisma por parte de cada Misionera, cada Voluntario y cada Comunidad, puede depender la salvación de tantos hermanos que Dios y la Iglesia confían a nuestro servicio y a nuestro amor.
El Instituto, nuestro tren. Entonces ya no es sólo un tren: es una Familia, una Familia eclesial, consagrada, que tiene a su cabecera la Madre por excelencia, la Madre que comprende, ayuda, aconseja, y nos hace llegar a... destino.