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Amor

 

Amor a la Iglesia

¡Amen a la Iglesia! Hemos nacido en su seno y estamos llamados a ser con ella y en ella «luz de los pueblos». Por ella y su desarrollo, por su unidad y fidelidad a Cristo, estamos dispuestos a sufrir y enfrentar la impopularidad. Hoy en día, también en algunos sectores católicos, está de moda expresar un espíritu crítico destructivo hacia la Iglesia. Hay, por ejemplo, diarios y revistas y medios en general, que parecen haberse tomado el compromiso de reportar noticias desagradables sobre hechos y personas del ambiente eclesial. Muchas veces las presentan de manera unilateral, alteradas y agrandadas, para que resulten más llamativas e interesantes. De este modo, en vez de favorecer una mirada objetiva y serena, acostumbran a sus lectores u oyentes, a tener un juicio negativo y desconfiado hacia personas e instituciones, alimentando desestima y sospechas. Esto crea inquietud, confusión y rebeldía en la gente, en los jóvenes, e incluso en algunos sacerdotes y religiosos.
¡Amemos a la Iglesia! Ha llegado la hora –decía Su Santidad, el Papa Pablo VI– de amar a la Iglesia con corazón fuerte y renovado.
La dificultad que debemos superar es nuestra miopía espiritual, que detiene nuestra mirada en los aspectos humanos, históricos, visibles de la Iglesia, y no nos permite ver el misterio de la presencia de Cristo que vive en ella. Esta mirada «corta», exterior, ve la Iglesia formada por hombres imperfectos y limitados y por instituciones no siempre eficientes, mientras quisiera verla formada por «ángeles». A un amor «fácil» y superficial, el rostro concreto y terrenal de la Iglesia se presenta como un obstáculo. La realidad material de la Iglesia, la que aparece en el cuadro de las experiencias comunes, parece desmentir la belleza y la santidad que ella tiene por su esencia divina.  
Pero es justamente aquí donde se prueba el amor. Si el Señor nos pide que amemos a nuestro prójimo, de cualquier apariencia se nos presente, y que veamos en él a El mismo, ¡cómo no recordar que la Iglesia, formada por «nuestros hermanos en la fe», es nuestro prójimo por excelencia (Gál 6,10)! Por eso los defectos y debilidades de los «hombres de Iglesia» tendrían que hacer más fuerte y solícita la caridad de los que quieren ser miembros vivos y vitales de la Iglesia. «Esto es lo que hacen los hijos buenos, esto es lo que hacen los Santos», comentaba Pablo VI.
Además, tenemos que reconocer que, en el mundo de hoy, la Iglesia se está mostrando digna de admiración y aprecio más que nunca. En todas partes se ven sinceros esfuerzos de autenticidad, de renovación, coherencia y vitalidad cristiana, de santidad, personal y comunitaria. Hoy, los consagrados y los laicos, los movimientos y las comunidades tienen una mayor conciencia de su lugar en la Iglesia, de su responsabilidad en la misión eclesial, y quieren dar su aporte.
Entonces, amar a la Iglesia es el deber de la hora presente. Amarla quiere decir apreciarla y sentirnos felices de pertenecerle. Significa serle fieles a cualquier precio. Significa obedecerle y colaborar en su difícil misión; prestar nuestro servicio con alegría y también sacrificio; crear siempre comunión y unidad, y proclamar sin miedos los valores evangélicos de la vida, la familia, la verdad, la justicia, la paz, la libertad, la bondad... 
La Milicia de la Inmaculada, con su carisma mariano y misionero, está en el corazón de la Iglesia, porque allí está María, la Inmaculada, la Madre de la Iglesia. Por eso, repito, ¡amemos a la Iglesia! Que el renovar nuestra consagración al Corazón Inmaculado de María nos haga profundizar y crecer en nuestra pertenencia a la Iglesia, ayudándonos a mirar más allá de lo temporal

 

El Mandamiento de Amor

Jesús nos ama
Amor, caridad, son palabras de las cuales lamentablemente hoy se abusa. Para comprender lo que significa amar verdaderamente, es necesario hacernos discípulos de Jesús, que enseña y guía no solamente con la palabra, sino sobre todo con la vida.
Por el Evangelio sabemos que Jesús pasó la vida haciendo el bien, curando a los enfermos, consolando a los que sufrían y enseñando a los hombres el camino que conduce a Dios. Uno de los últimos gestos de su vida nos lo muestra mientras pide perdón al Padre por quienes lo crucifican.

Amar a Dios sobre todas las cosas…tomamos  el Evangelio para comprender mejor el valor del mandamiento del amor. Jesús condensó los diez mandamientos en el único mandamiento del amor, que encontramos presentado con expresiones idénticas en los Evangelios sinópticos. «“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu’”, éste es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”»(Mt 22,37-39).
La primera parte del mandamiento del amor se dirige a Dios. Expresamos nuestro amor a Dios observando los mandamientos. «Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor»(Jn 15,10).
Otra expresión fundamental del amor a Dios es la oración, especialmente la oración de alabanza y de adoración.
Además, amamos a Dios cuando le expresamos nuestra gratitud por todos los dones que cotidianamente recibimos de su Paternidad. Entre estos dones, seguramente uno de los más grandes es el perdón de los pecados que Él desea ofrecernos cuando, después de habernos alejado y haber despilfarrado todo lo que recibimos de Él, volvemos a la «casa» con corazón humilde y arrepentido. Jesús mismo nos dice que el Padre nos espera, conmovido corre a nuestro encuentro, nos abraza, hace fiesta y nos restituye la dignidad de hijos (cfr. Lc 15,11-32).

Amar  al prójimo como a ti mismo
En la segunda parte del mandamiento del amor, Jesús abre nuestro corazón a los hermanos y nos «manda» amarlos, como nos amamos a nosotros mismos.
Parecería superflua, o por lo menos obvia, esta invitación de Jesús a amar a los demás como nos amamos a nosotros mismos, pero es una invitación motivada por el hecho de que Jesús sabe bien cuánto nos cuesta querernos, aceptarnos así como somos, con nuestros límites, con nuestras fragilidades, con nuestros defectos. Por lo tanto, es necesario que aprendamos a aceptarnos a nosotros mismos, a acogernos como somos y a amarnos por lo que somos, sin soñar con liberarnos de la «realidad» que no queremos porque no responde al proyecto que nos hemos construido.