Cuando había dificultades, no se deprimía ni se atormentaba; todo lo contrario, decía alegremente: «La próxima vez saldrá todo bien». Esta actitud, estoy convencido, no surgía de su disposición psíquica (si bien creo que tenía temperamento sereno y alegre), sino de su profunda confianza en la Madre de Dios. Cuando padecía algún dolor o tristeza en el alma, no lo decía, sino que se controlaba. Yo diría que esto era heroico. También vi cómo, para ejercitarse espiritualmente, los días en que nos daban fruta, a veces compartía su parte con los demás, lo que sé que le agradaba mucho hacer. Muchas veces dijo que deseaba consagrar toda su vida a una gran idea, pero no especificaba qué idea era. Entre nosotros representaba el compañero en quien todos podían confiar.
(Ladislao Dubaniowski - Del libro “Maximiliano Kolbe Un hombre para los demás”, pág. 18)
Desde los primeros días en Japón, tuvo tuberculosis de pulmones tan seria que, observando sus radiografías, me quedé pasmado. A veces tenía fiebre muy alta, escalofríos y temblores. Desde el punto de vista médico, los temblores de tuberculosis son terribles. Podía tener fiebre por toda una semana, luego le podía bajar por un mes o dos. Duran-te las peores rachas a veces guardaba cama por cortos períodos. Pero tan pronto como disminuían los temblores y la fiebre, se levantaba de inmediato y volvía a trabajar.
Físicamente era muy sensible y reaccionaba inmediatamente. En cuanto a temperamento, diría que era nervioso y apasionado –el tipo de persona que puede volverse realmente colérica–, pero se controlaba muy bien.
Muchas veces traté de persuadirlo a que se internara en un sanatorio y se tratara a fondo. Solía decir que si lo hacía, su salud no se curaría; prefería seguir trabajando mientras pudiera. Y debo admitir que su enfermedad no limitó su vida. En general, la gente con temblores de tuberculosis como en su caso deliran, pero creo que a él nunca le sucedió. Relaciono esto con un signo de virtud sobrenatural.
(Doctor Jacob Fukahori Yasuro - Del libro “Maximiliano Kolbe Un hombre para los demás”, pág. 63)
No había nada de rutina en mis oraciones. Intensa, acongojada, llena de la fe más profunda y salada con lágrimas: así era mi oración en Auschwitz. Cuando encontré al Padre Kolbe, yo todavía estaba reprochando a Dios con rebeldía: «¿Por qué? ¿Por qué? ¿Cómo puedes permitir todo esto?». En ese tiempo, el Padre llevaba todavía las lastimaduras y marcas de las palizas, pero nunca se quejó. Fue él quien me ayudó a comprender el sentido del sufrimiento. (Padre Sigismondo Ruszczak, joven sacerdote - Del libro: “Maximiliano Kolbe - Un hombre para los demás”, pág. 203")
Su actitud frente al padecimiento asombró a los médicos y enfermeros prisioneros. Se comportaba con hombría y con completa aceptación de la voluntad de Dios. Con frecuencia decía: «Por Jesucristo estoy dispuesto a sufrir más aún que esto. La Inmaculada me está ayudando». (Szweda Del libro: “Maximiliano Kolbe - Un hombre para los demás”, pág. 178")