
Habrá sido entre medianoche y las dos de la mañana, cuando telefoneó y me despertó. Vino a mi celda. Retomando la conversación espiritual que habíamos tenido durante el día, me estimuló en la fidelidad al Señor y en la devoción a la Inmaculada. Después de un rato, compartió conmigo la siguiente oración, y me rogó que repitiera con él: «Inmaculada Concepción, Inmaculada Concepción, Inmaculada Única de Dios, Inmaculada Única de Dios, mi Inmaculada, mi Inmaculada, nuestra Inmaculada, nuestra Inmaculada». Poco después se fue.
(Hermano Pelagio - Del libro “Maximiliano Kolbe Un hombre para los demás”, pág. 149)
La noche del 12 de octubre, el día de su santo, después de que la gente laica se había ido a dormir, nos reunimos a la entrada de la carpa. Pero, esa noche, él se quedó caminando y rezando afuera más tiempo que lo usual. Cuando finalmente entró, lo rodeamos cantando el tradicional Plurimos annos. El Padre Pío Bartosik le expresó las congratulaciones en su día en nombre de todos y lo mismo hizo Miguel Miczko, un clérigo. El Padre Maximiliano, mirándonos a todos con amor, dijo tiernamente: «Mis queridos hijos, yo estaba pensando en qué podría darles en mi día. No tengo nada. Pero permítanme compartir con ustedes mi deseo de que se entreguen más completamente a la Inmaculada. En medio de estas pruebas, sometámonos a la voluntad de Dios. Cuando el sufrimiento está lejos, estamos dispuestos a hacer cualquier cosa. Ahora que está con nosotros, aceptémoslo y soportémoslo de buen ánimo para ganar la mayor cantidad posible de almas...».
(Hermano Juventyn - Del libro “Maximiliano Kolbe Un hombre para los demás”, pág. 109)
Yo estaba trastornado. Febrero de 1941 fue un tiempo terrorífico, y nosotros sabíamos que los alemanes estaban por perpetrar algo malo contra el Padre Kolbe. Me fui a su celda, justo pocos días antes de su arresto. No lo negó. Me dijo que sí, sería encarcelado por los nazis, que lo odiaban mucho. La Gestapo vendría y se lo llevaría. Me abrazó y me dijo: «Hijo mío, tienes que amar a la Bendita Virgen María y hablarles a todos de Ella».
(Estanislao Frejlich - Del libro: "Maximiliano Kolbe - Un hombre para los demás”, Pág. 147)
Todos sentían que era una ocasión muy especial, algo solemne. Kolbe les habló sobre la relación de María, la Madre de Dios, con la Santísima Trinidad. Pese a lo complejo del tema, el Hermano Gabriel recuerda: El Padre Maximiliano habló en forma tan sublime y accesible que nosotros entendimos perfectamente. Sin embargo, posteriormente, cuando uno de los participantes trató de escribir esa explicación sobre la Inmaculada Concepción, le resultó imposible. Entonces comprendió las palabras del Padre Maximiliano de que «solamente pidiéndolo de rodillas – es decir, por la gracia de Dios – uno puede entender misterios tan profundos».
Complacidos como estaban los Hermanos por el gesto especial de Kolbe para con ellos, ninguno se dio cuenta – hasta más tarde – que esa era una manera de agradecerles por su amistad y de despedirse.
(Hermano Gabriel - Del libro: "Maximiliano Kolbe - Un hombre para los demás”, Pág. 148)