
Su amor a la Eucaristía y a María impregnaba su gran corazón hasta las fibras más hondas. Antes y después de cada hora de clase, visitaba a Jesús en el sagrario. Como nosotros dos estábamos algo enfermos, con el permiso del Rector solíamos pasear... estos paseos consistían en visitar varias iglesias donde estaba expuesto el Santísimo para la Adoración, especialmente la Iglesia del Sagrado Corazón cerca del Qüirinal, donde una Religiosas francesas mantenían la Adoración perpetua. Se escribió allí como adorador. Cuando fue ordenado Sacerdote y empezó a celebrar la Misa, se podía ver en su rostro una inmensa y total compenetración.
José Pal
Su devoción a Nuestra Señora era sincera como la de un niño. Durante nuestros paseos... me hacía rezar el rosario con él y otras plegarias a María, tales como el Memorare... Solía dirigirse a María dulcemente como "Mamita mía".
Una vez, mientras estábamos regresando al colegio nos encontramos con tres o cuatros alborotadores que volvían del trabajo. Blasfemaban contra nuestra Señora. Con lágrimas en los ojos, Max me dejó en medio de la calle y corrió hacia ellos para preguntarles por qué.
Confundidos, ellos contestaron que estaban simplemente desahogándose. Le grité que los dejaras pero el persistió hasta que aplacaron su furia. Nunca en mi vida conocí a una persona que amara tanto a Nuestra Señora como Max.
José Pal
Siempre supe -dijo su madre- que Maximiliano iba a morir como mártir, a raíz de un evento extraordinario de su niñez, pero no recuerdo si el hecho sucedió antes o después de su primera confesión. Una vez no me agradó algo que hizo y le dije: «Hijo mío, ¡no sé qué va a ser de ti!». Después de eso, no volví a pensar sobre mi observación, pero advertí enseguida que mi niño cambió tanto que era irreconocible. Teníamos un altarcito en un lugar reservado de la casa, en el que él empezó a ocultarse con frecuencia. En general, su comportamiento parecía más maduro que sus años. Era siempre reflexivo, serio, y rezaba con lágrimas en los ojos. Me vino la preocupación de que podría estar enfermo, y le pregunté: «¿Qué te está pasando?». Insistí: «Tienes que decirlo todo a mamá».
Temblando y con lágrimas en los ojos, me dijo: «Cuando tú me dijiste "¿qué será de ti?", recé con insistencia a Nuestra Señora para que me dijera qué sería de mí. Y luego, en la iglesia, recé otra vez. Entonces, se me apareció la Virgen Madre teniendo en sus manos dos coronas, una blanca y otra roja. Me miró con amor y me preguntó si me gustaría tenerlas.
La blanca significaba que yo me conservaría puro, y la roja que llegaría a ser mártir.
Contesté que sí, que las quería. Entonces la Virgen me miró tiernamente y desapareció.
Ahora, cada vez que voy a la iglesia contigo y papá -me dijo-, me imagino que no son ustedes dos los que van conmigo, sino San José y Nuestra Señora».
El cambio extraordinario en mi niño confirmó la realidad del hecho. El estaba siempre pensando en ello y cuando se presentaba la ocasión, me hablaba, con el rostro resplandeciente, de su deseo de una muerte de mártir...
Del libro: "Maximiliano Kolbe - Un hombre para los demás" (Pág. 10 Y 11).
Sentía que amaba al Salvador por sobre todas las cosas. Con frecuencia decía: “Puedo hacerlo todo en aquel que me conforta a través de su Madre”
Su gran amor, seráfico y ardiente, se manifestaba en la oración, en la adoración privada – si tenía un minuto libre, siempre iba a la capilla para visitar a Jesús- y en la meditación, lo que nunca omitía, incluso cuando viajaba.
Por ejemplo, al final de 1940, me hallé en su compañía en la estación ferroviaria central de Varsovia, nos fuimos a la capilla de San José en la calle Teresinska. donde celebró la misa con gran recogimiento. Su amor a Jesús se revelaba en las clases que nos daba a nosotros, los Hermanos, y muchísimo en sus conversaciones.
(Fray Cipriano - Del libro: “Maximiliano Kolbe - Un hombre para los demás”, pág. 136 y 137)
Cuando en el campo sufríamos de hambre, de frío, y cuando dormíamos en el suelo o sobre paja bajo carpas – y ya estábamos en un noviembre nevoso y helado – y no teníamos agua para beber, y mientras y hacía tres meses que no cambiábamos nuestra ropa interior y los insectos y la mugre nos atormentaban, el Padre Maximiliano lo soportaba todo con alegría. Sentía que eso era una manera para poder mostrar su amor a Dios. Fue en esos días que tomé apunte de su afirmación de que una cierta tristeza invade incluso las almas fervientes, cuando advierten que en el cielo ya no podrán seguir demostrando su amor a Dios mediante el sufrir por Él.
(Fray Girolamo - Del libro: “Maximiliano Kolbe - Un hombre para los demás”, pag. 107)
El veía en cada persona a un hermano en Cristo, digno de respeto y de amor. A pesar de sus enormes éxitos en Niepokalanów y la estima de tanta gente, el Padre Maximiliano fue siempre muy humilde. Nunca se atribuyó algún mérito a sí mismo; al contrario, todo el bien que hacía lo atribuía a la protección y ayuda de la Madre de Dios. (Padre Vladimiro Obidzinski - Del libro: “Maximiliano Kolbe - Un hombre para los demás”, pág. 88)
Yo lo amaba fervientemente como un chico ama al mejor de los padres. Al mismo tiempo, lo amaba con tan gran veneración religiosa que, a veces, tenía el deseo de arrodillarme ante él como ante una imagen viviente de santidad. Sin embargo, él era natural y lleno de alegría como un simple niño. Cuando se juntaba con nosotros en el recreo o nos acompañaba en paseos, yo estaba siempre muy cerca de él porque... sentía necesidad de su presencia. Una vez que estaba buscándome, dijo a alguien riéndose: «Cuando no lo necesito, corretea detrás de mí como un ternero detrás de la vaca; pero ahora no lo puedo hallar». ¿Por qué necesitaba estar cerca de él? Porque sentía que la santidad fluía de él como una suerte de unción proveniente de otro mundo. (Fray Felicissimo Szsztyk - Del libro: “Maximiliano Kolbe - Un hombre para los demás”, pág. 90)
Aunque yo era más bien joven, me agradaba escuchar cuando él y los otros hablaban de política y de cuestiones sociales y religiosas. Haciendo preguntas y conduciendo debates y conversaciones, creaba una atmósfera más relajada, nos ayudaba a olvidar nuestro miedo y angustia y nos rescataba del pesimismo y la desesperación. Sin embargo, cuando expresábamos nuestras congojas, cualesquiera que fueran nuestras penas, comprendía lo que estábamos pasando y nos ayudaba dándonos consejos, consuelo y aliento. Era realmente nuestro amparo contra el abatimiento espiritual y nos estimulaba para ser fuertes y perseverantes. (Taddeo L. Chroscicki - Del libro: “Maximiliano Kolbe - Un hombre para los demás”, pag. 153-154)