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El hombre del ofrecimiento total

"María es, en efecto, la Virgen oferente”

 
Rose and barbed wire

Y también el Padre Kolbe fue un hombre oferente, un sufrimiento que lo golpeaba en su cuerpo, que lo humillaba cuando expresaba sus grandiosos ideales.  El hombre que se sometía a  fatigas deshumanas y aceptaba sonriendo los golpes más crueles, solo porque era sacerdote, polaco, y porque tenía, mientras le fue posible, el rosario en sus manos.

Los textos que revelan la característica del ofrecimiento, es decir, del abandono total, sereno y confiado  en la bondad de Dios y de su Voluntad, son numerosos, ya que esta fue la actitud de fondo de toda su vida y también el secreto de su increíble fecundidad apostólica.
Por ejemplo, cuando habla con su madre del abandono de la Orden por parte del hermano Francisco, se expresa así:
“Pobrecito Francisco. Él fue el primero en pedir ser recibido en la orden... Juntos nos habíamos acercado por primera vez a la santa Comunión, habíamos recibido la confirmación, juntos fuimos a la escuela, juntos al noviciado, juntos habíamos hecho la profesión simple...  Francisco me atrajo con su ejemplo a este puerto de salvación; Yo quería salir y disuadirlo también a él de entrar en el noviciado...  Pero ahora...  Cada día, en el momento de la Santa Misa, lo ofrezco a la Inmaculada y confío (como también tú, mamá) en que antes o después Ella obtendrá piedad de la misericordia de Dios”  (EK 24).
 
A menudo, durante los Ejercicios Espirituales, el Padre Kolbe subraya el valor del sufrimiento vivido y el ofrecimiento en lo escondido, para ser más conforme a Cristo crucificado:
“Sufre y trabaja, en lo posible, en lo escondido y solamente por Dios.  Cada día, en los momentos difíciles, fija tu mirada en el crucificado, sometido a la más extrema pobreza, en los sufrimientos más grandes y despreciado por todos, y aprende a imitar a Jesús desnudo, mientras te encuentras en tales tribulaciones...  Ama a Dios por Dios mismo y sufre y trabaja por Él en la serenidad y en el amor.  Ama a Dios, ámalo con los hechos, dónale todo tu ser, está siempre con él (recogimiento), porque también Él hace así” (EK 966).
 
Y al hermano Alfonso le aconseja:
“Ofrécete enteramente a Ella, que es nuestra óptima Madrecita celestial, y así podrás superar fácilmente todas las dificultades y... te harás santo, un gran santo”  (EK 21).

 
St. Maximilian Kolbe

En Zakopane, durante los prolongados ataques de tuberculosis, el Padre Kolbe deja con serenidad la dirección de la MI y de la imprenta, abandonándose a la Voluntad de la Inmaculada y ofreciéndole todo.
 
“Heme aquí en el lugar al que me destinaron.  Aunque no camine por las montañas, como el sacerdote representado en la tarjeta, el lugar es el más adecuado para curarme.  Que se cumpla la voluntad de Dios, tanto si sigo estando enfermo, como si me pongo peor, mejoro o me curo por completo”  (EK 43).

“Conformándome al deseo del Rmo. P. Provincial, no me ocupo de la causa de la MI, no organizo nada, aunque más de una vez me da la tentación de hacerlo.  Actúo, pues, como un simple miembro de la M.I.” (EK 61).
 
Está convencido que “en el desánimo, si se puede se debe rezar, pero sobre todo es indispensable someterse a la Voluntad de Dios...  ofrecerse a la Madre Inmaculada, como un niño a la mejor de las madres;  recurrir con simplicidad a Ella en todas las preocupaciones, sufrimientos y tentaciones y Ella nos acompañará felizmente a lo largo de esta breve vida”.

 

“Abandónate cada día en las manos de Jesús y de la Inmaculada.  No te apenes por las contrariedades y las dificultades; déjaselo todo a la Inmaculada, ella lo puede todo: hará lo que desee” (EK 975).
 
“He tenido muchas preocupaciones en la cabeza, pero todo inútilmente, porque apenas las he confiado a la Inmaculada, Ella las ha resuelto inmediatamente una después de la otra” (EK 989).

St. Maximilian Kolbe #16670
St. Maximilian Kolbe

Estas disposiciones constantes de su espíritu y de su voluntad explican su serenidad, fortaleza y generosidad también en el campo de exterminio nazi.  Muchos serían los testimonios a propósito de este ofrecimiento supremo de la propia vida, que lo hará pasar a la historia como el mártir de Auschwitz.

“Estaba en boca de todos.  Se quedaron pasmados y exclamaban «este es auténtico amor al prójimo», porque antes jamás nadie se había ofrecido voluntariamente a morir.  Y ahora,  el Padre Maximiliano entregaba no tan solo un pedazo de su pan o hasta toda su sopa, sino su propia vida por otro”.

“Un acontecimiento similar no sucedió jamás en Auschwitz, ni antes ni después, ni escuché nada parecido en los otros campos de concentración.  Era el único entre nosotros capaz de semejante hecho heroico”. 

 
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