Missionarie dell'Immacolata Padre Kolbe
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Amor

 

Amor al prójimo

En fin, quisiera subrayar que no tengo odio a nadie en esta tierra. Por este ideal deseo trabajar siempre, sufrir y hasta ofrecer en sacrificio a vida. (EK 884)

Y ahora nosotros cumplimos y seguiremos cumpliendo la misión de amor hacia el prójimo, quienquiera que sea, para paliar la desgracia de los que sufren y para inflamar, mediante ello, sus corazones de un amor agradecido hacia la Inmaculada, Madre que ama a todas las almas del mundo entero. (EK 914)

 

El vértice del amor

En la fiesta de la Anunciación de la Ssma. Virgen María, veneramos la Encarnación de Dios: Dios infinito se hace hombre. La persona divina infinita y la naturaleza divina infinita forman con la naturaleza humana un único ser. (EK 1052)

Del Padre, a través del Hijo y del Espíritu Santo, desciende cada acto de amor de Dios: actos creadores, actos que mantienen en la naturaleza como en el orden de la gracias. Así, Dios da su amor a sus inumerables semejanzas finitas; y además, la reacción de amor de la creación no sube al Padre por otra vía que no sea a través del Espíritu y del Hijo. No siempre sucede eso con pleno conocimiento, sin embargo sucede siempre realmente. Dios solo y ningún otro es el creador del acto de amor de las creaturas, pero si una de esas criaturas está dotada de libre albedrío, ese acto no tiene lugar sin su consentimiento. El vértice del amor de la creación que regresa a Dios es la Inmaculada, el ser sin mancha de pecado, toda hermosa, toda de Dios. Su voluntad no se ha alejado de la voluntad de Dios ni siquiera un instante. Ella ha pertenecido siempre y libremente a Dios. Y en Ella sucede el milagro de la unión de Dios con la creación. A Ella, como a su esposa, el Padre le confía al Hijo, el Hijo baja a su vientre virginal convirtiéndolo en su hijo, mientras el Espíritu Santo forma en Ella, de manera prodigiosa el cuerpo de Jesús y habita en su alma, se compenetran de manera tan inefable que la definición de "Esposa del Espíritu Santo" es una imagen muy lejana para explicar la vida del Espíritu en Ella y a través de ella. (EK 1310)

¿De que clase es esta unión? Ante todo, interior, es la unión de su ser con el ser del Espíritu Santo. El Espíritu Santo habita en Ella, vive en Ella, y eso desde el primer instante de su existencia, siempre y para la eternidad.¿En que consiste esta vida del Espíritu Santo en Ella? Él mismo es amor en Ella, el amor del Padre y del Hijo, el amor con que Dios se ama a sí mismo, el amor de toda la Sma. Trinidad, un amor fecundo (...). El Espíritu Santo vive en el alma de la Inmaculada, en su ser, y la fecunda (...) También para Él está reservado el vientre virginal de su cuerpo, que concibe en el tiempo, también la vida divina del Hombre-Dios. En la unión del Espíritu Santo con Ella, no sólo el amor une a estos dos seres, sino que el primero de ellos es todo el amor de la Sma. Trinidad, mientras que el segundo es todo el amor de la Sma. Trinidad, mientras que el segundo es todo el amor de la creación, y así es esa unión el cielo se une con la tierra, todo el cielo con toda la tierra. (EK 1318)


 

Amor recíproco

Estemos seguros de que toda división e incomprensión no procede de la Inmaculada, sino única y exclusivamente de aquella serpiente que está bajo sus pies. Por consiguiente, cada uno, por su parte, haga todo lo posible para atenuar todo desacuerdo, con la humildad, el amor, la paciencia y la oración, para profundizar cada vez más el amor mutuo y ayudarnos mutuamente a tender hacia nuestro ideal de la dilatación del Reino de la Inmaculada en las almas. (EK 926)

La esencia del amor mutuo no consiste en que nadie nos cause disgustos, algo imposible entre los hombres, sino en que aprendamos a perdonarnos unos a otros de manera cada vez más perfecta, inmediata y completa. Entonces rezaremos con mucha confianza la invocación contenida en el "Padre Nuestro": perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden (Mt 6, 12)". Sería un verdadero problema si tuviéramos poco o nada que perdonar a los demás. (EK 935)

 

La religión del amor

El odio divide, separa, destruye, mientras que el amor une, da paz y edifica. No tiene nada de extraño que sólo el amor llegue a hacer a los hombres cada vez más perfectos. Por lo tanto, sólo aquella religión que enseña el amor a Dios y al prójimo puede perfeccionar a los hombres.
La religión de Jesucristo es realmente esta religión del amor, del amor perfecto, y ello es evidente en las santas palabras de Jesucristo.
Uno de los apóstoles, san Juan, que fue testigo ocular de la Pasión y muerte de Jesús en la cruz, nos dejó la descripción de las dulces instrucciones que dio a los Apóstoles durante la última cena. S. Juan, no sólo participó de la última cena, sino que siendo el discípulo predilecto, estaba cerca de Jesús y pudo entender de la mejor manera el sentido de las palabras de Cristo. Tomemos algunas pasajes del Evangelio escrito por el mismo Juan: «Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes... Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros.» (Jn 13, 33-34)
«Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor. como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto. Este es mi mandamiento: Amense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre. No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá. Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros.» (Jn 15, 9-17)
Al terminar la cena, Jesús dirigió a su Padre celeste una oración, al final de la cual pronunció estas palabras: «Así como tú me enviaste al mundo, yo también los envío al mundo. Por ellos me consagro, para que también ellos sean consagrados en la verdad. No ruego solamente por ellos, sino también por los que, gracias a su palabra, creerán en mí. Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en  nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno –yo en ellos y tú en mí– para que sean perfectamente uno y el mundo conozca que tú me has enviado, y que yo los amé cómo tú me amaste. Padre, quiero que los que tú me diste estén conmigo donde yo esté, para que contemplen la gloria que me has dado, porque ya me amabas antes de la creación del mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te conocí, y ellos reconocieron que tú me enviaste. Les di a conocer tu Nombre, y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me amaste esté en ellos, y yo también esté en ellos». (Jn 17, 18-26)
Es claro, pues, que Jesús, deseaba que reinase entre los hombres un amor sincero. Los Apóstoles entendieron bien el deseo de Jesús. Y por eso san Pedro escribe una carta suya: «Sobre todo, ámense profundamente los unos a los otros, porque el amor cubre todos los pecados.» (1 Pe 4,8)
En su primera carta San Juan escribe: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios, y Dios permanece en él.» (1 Jn 4, 16)
Se puede afirmar que si esta religión se difundiera en el mundo entero, éste se convertiría en un paraíso. (EK 1205)