

Muy seguido hablando de la Inmaculada Concepción se subraya sólo un aspecto, la ausencia del pecado original. Mientras que igualmente importante y significativo es el otro aspecto: la totalidad de gracia que eso trae.
En virtud de la Inmaculada Concepción, María es la única persona que ha vivido en plenitud la propia existencia según el Plan de Dios, la única que siempre ha amado a Dios sobre cada cosa, en ella nunca nada ha obstaculizado el diálogo de gracia con el Padre.
En esta luz resulta más claro lo que afirma S. de Fiores cuando presenta la Inmaculada Concepción como:
- Testimonio y signo del amor del Padre.
- Expresión perfecta de la Redención obrada por Jesús.
- Criatura admirable de la gracia del Espíritu Santo.
La Inmaculada Concepción de María no es un hecho aislado del Plan Divino de la Salvación, por el contrario, entra en el designio de Salvación de Dios, que prevé la encarnación redentora de Cristo, gracias a la cual todos somos gratuitamente salvados por el amor de Dios.
Según lo que afirma Juan Pablo II: "Todos son justificados gratuitamente por su gracia, en virtud de la Redención realizada por Cristo Jesús".
La liberación del pecado original y la plenitud de Gracia de la que está revestida María desde el primer instante de su vida, no son fruto de su fe o de cualquier otro mérito suyo, sino sólo del don gratuito de Dios.
Como hemos dicho anteriormente, la Inmaculada Concepción no representa una excepción a la Redención Universal de Cristo, al contrario "Une en la estirpe de Adán a todos los hombres necesitados de Redención", es la primera de los redimidos. Fue preservada del pecado original
y enriquecida por una extraordinaria plenitud de gracia, en previsión de los méritos de Cristo. María Inmaculada es el fruto más bello de la Redención de Jesús.
Porque es la primera y la más perfecta de los redimidos, María es la criatura nueva, obra del Padre en Cristo y en el Espíritu Santo.
En el Nuevo Testamento, el Espíritu Santo es la suma de todos los efectos positivos de la Redención, porque es en Él que nosotros realizamos la comunión con el Padre y la vida nueva en Cristo.
San Maximiliano Kolbe profundizará este aspecto afirmando que: "El Espíritu Santo vive en Ella, y eso desde el primer instante de su existencia, siempre y por la eternidad".
La razón teológica que invariablemente empuja a afirmar la Inmaculada Concepción de María es sobre todo, su maternidad divina. Era sumamente conveniente que la Mujer elegida desde la eternidad para ser la Madre del Hijo de Dios, asociada a Él en la victoria contra el pecado, nunca se hiciera esclava del pecado, ni por un instante.
San Maximiliano Kolbe en su reflexión sobre el misterio de la Inmaculada Concepción presupone esta doctrina común en la Iglesia y, guiado por un particular amor, se empeña en una personal profundización donde convergen teología, mística y pastoral.